«Arruinada»: El adiós definitivo a la clase media

Esa franja social no le perdonará al kirchnerismo que le haya sacado el subsidio a las tarifas de gas y electricidad, una de las pocas cosas que le quedaban
Alberto Fernández y Cristina Kirchner en el acto por los 100 años de YPF Alberto Fernández y Cristina Kirchner en el acto por los 100 años de YPF

Hay varias maneras de analizar la crisis de la economía, pero solo sirve una para explicar por qué el Gobierno aparece siempre tocando el botón equivocado.

Es la falta de confianza política de los mercados y de la sociedad en los dirigentes políticos de la administración y en los que conducen la economía. Martín Guzmán, por ejemplo, cuenta con cierto respaldo de los empresarios, pero solo porque estos imaginan que su eventual reemplazante podría ser mucho peor. De Daniel Scioli, que siempre conservó un nivel de diálogo con productores industriales y rurales, nadie sabe qué quedará. La licuadora de las tensiones internas tritura las buenas y las malas intenciones.

La crisis se agrava cuando la economía toma nota de que Cristina Kirchner no cree en la seguridad jurídica. Así lo dice en la intimidad. “¿Quién reclama seguridad jurídica en China y, sin embargo, llueven las inversiones?”, suele preguntar a sus interlocutores asiduos. China es un régimen autocrático, pero respeta el capitalismo como un creyente fiel de un dios pagano. Ella acaba de iniciar (a través de su abogada, Graciana Peñafort, también funcionaria del Senado) una fuerte campaña de descalificación contra los jueces de la Corte Suprema Horacio Rosatti y Carlos Rosenkrantz. Nada de lo que dicen es cierto. Por algo será. Rosatti y Rosenkrantz actuaron siempre de acuerdo con la ley y la Constitución. Ese es su pecado.

La economía real no crecerá este año, aunque los economistas terminarán escribiendo que creció un 3,5 por ciento, según un pronóstico de Orlando Ferreres y Fausto Spotorno. Ese supuesto crecimiento se deberá más al arrastre del año pasado que a lo que realmente está sucediendo en este año. La economía dejó de crecer en marzo último. Esta es la verdad y es lo que percibe la sociedad. Solo están creciendo la industria de electrodomésticos y una parte de la construcción, que es donde se refugia la clase media para entregar sus pesos cuanto antes y evitar los efectos devastadores de la inflación imparable. “Crece solo el chiquitaje”, describió otro economista. De acuerdo con los pronósticos de esa misma consultora, la inflación anual será del 78 por ciento, si es que, claro está, no sucede nada más que la perpetua decadencia del país. La inflación internacional y la escasez de energía y de alimentos en el mundo son elementos nuevos, es cierto, aunque aterrizaron en una economía local que ya agonizaba dentro de una ratonera. La tragedia de Estados Unidos es que está superando el 8 por ciento anual de inflación; la Argentina se aproxima al 80 por ciento. La brecha entre esos números explica la diferencia abismal entre el mundo y el país de los argentinos.

El primer problema consiste en que el Gobierno le reclama esfuerzos a todos los que trabajan o producen, pero no está dispuesto a hacer ningún esfuerzo propio. El déficit fiscal aumentó en mayo un 180 por ciento. Otro economista, Enrique Szewch, sostuvo en un artículo que “sin mayor ajuste fiscal, nos enfrentamos a un escenario de emisión, colocación compulsiva de deuda entre inversores institucionales, más restricciones al mercado oficial de cambios y más presiones inflacionarias”.

Entramos, entonces, en el peor de los mundos. Una de las taras del Gobierno es la de restringir el turismo argentino en el exterior, que es un hábito común de la clase media. Es verdad que se está yendo del Banco Central un promedio de 400 millones de dólares mensuales en turismo de los argentinos en el exterior, a pesar de que el dólar les cuesta un 75 por ciento más que el valor oficial por la acumulación de impuestos y anticipos de ganancias. Es la cifra históricamente habitual de los gastos de los argentinos fuera del país (entre 400 y 600 millones de dólares), pero el problema es otro.

Antes, el 50 por ciento de esa salida de dólares se compensaba con el turismo extranjero que ingresaba a la Argentina. Ahora, la cifra real de dólares que ingresan por el turismo se acerca a cero. Sucede que el turismo extranjero con importante capacidad de gasto paga con tarjetas de crédito y el valor del dólar con ese medio de pago es el oficial. La Argentina es, por lo tanto, un país caro para el extranjero que se maneja con tarjetas de crédito. Existe también el turismo gasolero, que conoce las cuevas donde se canjea el dólar paralelo. Es poca cosa. Ni el Ministerio de Turismo, ocupado por impulsar el turismo interno financiando las vacaciones de los que no tienen dinero (y de los que tienen), ni el Banco Central, obsesionado con frenar la salida de argentinos al exterior, imaginaron alguna forma para atraer al turismo extranjero con el valor real del dólar.

El dólar oficial solo existe para la compra de insumos por parte de productores rurales o industriales. Resulta que estos tampoco tienen confianza en el porvenir de la economía y están acumulando insumos para resguardarse de futuras devaluaciones o de la propia inflación. Esta desconfianza es una de las razones por las que el Banco Central se quedó sin dólares en los meses de mayor ingreso de dólares por las exportaciones del campo. Así como la clase media compra electrodomésticos o hace refacciones innecesarias en sus casas, los productores del campo y de la industria compran insumos ante la incertidumbre. No saben cuánto les costará reponer en el futuro inmediato esos productos del exterior. Además, muchos inversores en pesos se van al dólar paralelo.

El peso y la desconfianza son casi sinónimos en la Argentina del kirchnerismo. También existieron las maniobras financieras de empresas estatales, como Enarsa y la Anses, que cambiaron miles de millones de pesos en bonos para comprar dólares. Enarsa debe pagar con dólares las importaciones de energía. La Anses debe hacer lugar en su cartera en pesos para comprar parte de los 500 mil millones de pesos que vencerán el 29 de junio, un día que será clave para el monumental alud de deuda en pesos del Estado.

Ante la necesidad perentoria de dejar de gastar tantos dólares en la importación de energía (y también para cumplir con lo que le prometió al Fondo Monetario), la administración de Alberto Fernández decidió sacarle a buena parte de la sociedad el subsidio a las tarifas de gas y electricidad. Un sinceramiento de esas tarifas es un gesto de realismo y sentido común que hacía falta desde hace mucho tiempo. Ahora bien, ¿quién creyó que son comparables los hogares con ingresos de 333.000 pesos y los que tienen tres propiedades, tres autos, son accionistas de empresas o tiene yates y aviones?

Ese monto en pesos equivale a unos 1500 dólares, que es el sueldo mensual que perciben los que comienzan a trabajar en Estados Unidos o en Europa. Aquí es el ingreso de un sector importante de la clase media. ¿Qué funcionario supone que con ese sueldo se pueden comprar tres propiedades, tres autos o ser accionista de empresas? Pagar el precio real del gas y la luz es la costumbre lógica de cualquier economía seria, pero ocurre que en la Argentina nada es serio.

Es un país que perdió el sentido de las proporciones, que carece de precios relativos (un mismo producto puede costar un precio y también el doble en Mercado Libre, por ejemplo) y donde los salarios están siempre retrasados por las consecuencias destructivas de la inflación. Sea como fuere, el nuevo esquema de tarifas pegará en el plexo solar de la clase media de la Capital Federal y del primer cordón del conurbano bonaerense. Es un sector social renuente también a inscribirse en un programa especial para recibir el subsidio a la energía, el último hallazgo que impone una administración impotente. Es la misma franja social que para usar el plan Ahora 12, la única posibilidad de crédito que existe, deberá pagar hasta un 50 por ciento más caro el producto que compra. Ese no era el sentido del Ahora 12.

Gran parte de esa clase media no tiene pasiones políticas; es ambiciosa y pragmática. Si fuera por identificación ideológica, estética o moral, nunca hubiera votado al kirchnerismo. Pero lo votó más de una vez. El kirchnerismo le dice adiós para siempre a esa franja social, porque esta no le perdonará que le haya sacado las pocas cosas que le quedaban. Recordemos a Borges: Solo una cosa no hay. Es el olvido.

Joaquín Morales Solá

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