Alperovich: se queda sin fueros y lo acorrala la Justicia por las denuncias de abuso

Hace dos años una sobrina lo acusó por ultraje sexual. Hoy, con problemas de salud, el ex zar tucumano se refugia en su familia y no suelta los negocios, pero sí la política. Qué fue de la mujer que lo denunció
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Alperovich como senador: Una escena fugaz y breve. La denuncia por abuso lo corrió de la arena política. Foto Lucía Merle / Archivo

Esta nota cuenta la historia reciente de dos vidas. Es un relato de caídas. De abusos de poder. De abuso sexual y de violencia de género. Los protagonistas son dos y son diametralmente opuestos.

 

Uno fue el barón del Norte, un zar del poder tucumano que conoció la cima de la política de la mano del kirchnerismo y llegó a replicar el modelo de caudillo con terruño propio. Negocios millonarios para los suyos, dádiva y clientelismo para sus votantes y un feudo con justicia adicta para gestionarse impunidad.

La otra protagonista es una mujer de 30 años. Su nombre será preservado por tratarse de quien denuncia haber sido violada al menos en siete ocasiones por ese hombre todopoderoso. Por ese hombre que fue su jefe y además es su tío: José Alperovich, ex gobernador de Tucumán, empresario prolífico, senador en uso de licencia y además el legislador más rico de la Argentina con una fortuna declarada en 2021 de más 2.100 millones de pesos.

Es noviembre. En la Argentina siempre está a punto de suceder algo y en este caso la historia se renueva. Porque faltan sólo dos semanas para las elecciones parlamentarias y ese escenario inminente implica que Alperovich a partir del 10 de diciembre perderá los fueros como senador. Quedará menos guarecido frente a la Justicia porteña, que investiga los abusos denunciados por su sobrina.

La historia se renueva, además, porque Alperovich fue noticia el lunes pasado, cuando una descompensación repentina lo llevó a una internación que no pasó a mayores. Quienes lo frecuentan no pueden disociar el susto físico del estrés que le produce la evolución de esta causa judicial. “Le pesa la causa, la sigue, está sobre el expediente”, afirma su abogado defensor, Mariano Cúneo Libarona.

La denuncia

El 22 de noviembre de 2019, la sobrina de José Alperovich presentó una denuncia por abuso sexual en los Tribunales penales de Tucumán y en la Unidad Fiscal Especializada de Violencia contra las Mujeres (UFEM) en Buenos Aires. Las redes sociales permiten observar el estado de cosas por aquel entonces. En la cuenta de Twitter del ex mandamás tucumano, un día antes, nada hacía suponer que el derrumbe de su imagen pública se avecinaba.

El 19 de noviembre Alperovich anunciaba que junto a Beatriz Mirkin se sumaba al interbloque del oficialismo en la Cámara Alta. Tuiteaba: “Les comparto esta nota en la que doy mi postura sobre la nueva composición del Senado y mi incorporación junto a Beatriz Mirkin al bloque kirchnerista. Cristina ganó y es ella la que toma las decisiones. Tenemos que estar todos juntos, lo que viene no va a ser fácil”. Hablaba de la política, pero no de la bomba mediática que estaba a punto de explotar sobre su figura de hierro.

La denuncia de su sobrina fue conducida por un doble carril, con una estrategia no sólo judicial sino mediática. Una carta soltada a los medios, descarnada y dramática, definió la suerte de Alperovich mucho antes que cualquier condena judicial. El escándalo lo obligó a tomar licencia.

Referentes feministas y legisladores del Frente de Todos le pidieron a Cristina Kirchner directamente su remoción. Pero no tuvieron suerte. La jefa le concedió a Alperovich una licencia por seis meses sin goce de sueldo. Luego el mismo permiso le fue renovado por tiempo indefinido. Ya no volverá a su banca legislativa.

La carta

Pero, ¿qué decía aquella carta? ¿Porqué el derrumbe del zar fue tan estrepitoso? Porque en principio el tono del escrito ya era demoledor per se. El título dice: “#NoNosCallamosMás: durante un año y medio, mi tío José Alperovich violentó mi integridad física, psicológica y sexual».

Lo que sigue son los tramos más desoladores de ese texto:

Estoy aquí contra la opresión del silencio y por la necesidad de recuperar mi vida, de sanar llamando a las cosas como son, sin suavizarlas ni teñirlas, poniéndole al monstruo nombre y apellido.

El mío se llama Jose Jorge Alperovich, mi tío segundo y jefe, por quién fui violentada sexual, física y psicológicamente desde diciembre del 2017 hasta mayo de 2019. Durante un año y medio sufrí violaciones a mi integridad física y sexual.

No quería que me besara. Lo hacía igual. No quería que me manoseara. Lo hacía igual. No quería que me penetrara. Lo hacía igual.

Pero su fijación no cesaba, durante mucho tiempo quiso más y más seguido, con más ganas, con más fuerza, con más violencia por mi resistencia.

Yo nunca elegí estar ahí de esa manera. Se lo decía en cada no. Pero mis no para él nunca fueron suficientes. Nunca en mi vida lloré tanto.

Solo me liberaba cuando él viajaba. Pero cuando regresaba, volvía también la pesadilla. Hasta que se detuvo, hasta que las situaciones en las que el disponía quedarse solo conmigo para tocarme y penetrarme se volvieron situaciones ya de violencia y maltrato público, delante de personas.

Solo quiero justicia. Recuperar mi vida. Tengo 29 años, soy libre, soy joven. Quiero volver a empezar poniendo cada cosa en su lugar.

No miento, no busco fama. Nadie quiere hacerse famosa por contar el horror que vivió. No quiero dinero ni hay un trasfondo político detrás de mi denuncia. Soy mucho más que todo eso que se pueda especular. Esto es por mí.

De la inercia al movimiento

Un año después de la misiva, la sobrina de Alperovich volvió a escribir otra carta en la que planteaba que desde su denuncia nada había ocurrido. Que la Justicia tucumana, donde fiscales y jueces “le deben favores” al hombre que gobernó durante tres mandatos, entre 2003 y 2015, parecía detenida y operaba a favor de su tío.

La mujer vivió con custodia policial. Hoy se mueve fuera del alcance de los medios. Todas sus manifestaciones públicas fueron a través de esas dos cartas. Clarín pidió una entrevista con ella. Pero sus allegados declinaron. Vive una vida de entornos familiares. Retomó sus estudios en relaciones internacionales y relaciones públicas. Tiene un grupo reducido de amigos. Hace deporte. No se la suele ver.

Fue atacada varias veces en las redes sociales. El mismo Alperovich ha revelado su nombre en una serie de tuits, en los que intentó una suerte de defensa mediática. Aparecieron notas, en páginas web dudosas, sobre su figura. “¿Quién es la sobrina de Alperovich?”, preguntaban los títulos, como antesala de una catarata de fotografías de la joven denunciante en bikini. Intentan ligarla a una idea de vida disipada. Los acosadores virtuales son agraviantes con ella.

Se presentó a la Justicia cada vez que fue requerida. Se sometió a las pericias psicológicas. Según consta en el expediente, incurrió en contradicciones que ahora son investigadas.

Sus allegados buscan que ya no se hable del tema. Quieren que siga curso en la Justicia. Dicen estar satisfechos con el rumbo que tomó el caso a partir de mayo de este año, cuando la Corte Suprema de Justicia decidió que sea la justicia penal de la Ciudad de Buenos Aires la que investigue.

La causa está en manos del juez Osvaldo Rappa, quien inicialmente se había declarado incompetente. La decisión del máximo Tribunal no sólo hizo que la historia volviera a sus manos, sino que la sacó de Tucumán, donde la Justicia, se sospecha, operaba para ralentizarlo todo.

La decisión de la Corte fue una pésima noticia para el legislador: el fiscal Santiago Vismara y la Unidad Fiscal Especializada de Violencia contra las Mujeres (UFEM), a cargo de Mariela Labozzetta pidieron que sea citado a indagatoria.
Alperovich hoy

“Estamos peleando contra la ideología de género”, dice Mariano Cúneo Libarona, el abogado del ex gobernador. Lo asiste de modo permanente. Habla con él todas las semanas.

Para Libarona, la denuncia “es un embuste”. Afirma que hay cosas que no cierran. Es un defensor de dientes apretados, cara de perro, conocedor como pocos del doble juego mediático y judicial.

“La chica cuenta unos hechos, con horario y precisiones de lugar y cuando vamos al informe del teléfono no emboca un sólo día. Hay un montón de testigos que ella nombra, gente que estaba en el departamento, el casero, los amigos de ella, pero resulta que los testigos no dicen lo mismo que ella”, explica Libarona enfervorizado.

Más adentro todavía, en el círculo íntimo del acusado, creen que posiblemente el ex mandamás mantenía una relación con la denunciante y que sus adversarios políticos supieron de una pelea y aprovecharon para instrumentar una operación en su contra. “Lo cagaron -dicen- lo liquidaron políticamente”.

Esa es la hipótesis que “salva” al ex gobernador y demoniza a la víctima. Lo salva en parte porque la condena pública sobre su figura es de una magnitud notable y porque es concreto que quedó afuera de todo juego político. Que la Tucumán de Alperovich es la Tucumán, ahora, que se disputan el jefe de gabinete, Juan Manzur y el gobernador Osvaldo Jaldo.

Otro hombre, tucumano él, de Cambiemos, que siendo funcionario nacional se cansó de denunciar a Alperovich por corrupción explica: “Mire, yo soy quizás la persona que más lo denunció a este hombre. Pero en este caso, debo decir que esta denuncia no parece tener mucho sustento”.

Alperovich, que sobrevivió al pedido de Justicia de Susana Trimarco, la madre de Marita Verón, o al reclamo de la familia de Paulina Lebbos, está vez no consiguió salir indemne de la carta de su sobrina. Cuneo Libarona cree que podrán dar pelea, pero no la ve fácil. Confía en el juez Rappa, pero no tanto en los fiscales que tienen a cargo la instrucción. Dice que luchan “contra un sistema”.

Aporta datos sobre escuchas telefónicas en las que directamente queda al descubierto cómo la psicóloga de la víctima habla de establecer una negociación con el denunciado.

“Ella quería terminar la causa. Pero la agarraron las organizaciones y la usaron. Tres asociaciones se negaron a plantear la denuncia hasta que llegaron los más extremos. Ahora estamos ante un tema de riesgo colateral. Se investigan siete hechos de abusos, entre Buenos Aires y Tucumán. La causa la estamos ganando, lo que es muy difícil es luchar contra el sistema”.

El abogado es contundente sobre lo que vive su cliente: está totalmente dañado. Totalmente retirado. Está con los nietos. Está con la mujer, Beatriz Rojkés, de quien casi no se separa. Hace deporte sin pausa, bicicleta todos los días. Se dedica a sus empresas, a sus campos, a la constructora y a las agencias de autos. Sufre el proceso. Lee la causa. Habla con su hija, Sara, que es funcionaria y que hace también de vocera local.

A los 68 años, el cuerpo le jugó una mala pasada. El lunes 31 de octubre se desvaneció por un cuadro agudo de gastroenterocolitis. Estuvo en terapia intensiva. Le dieron el alta. Deberá hacerse chequeos.

Libarona cree que, ya sin fueros, Alperovich no tienen chances de ir preso frente a una eventual condena. Dice que no existen motivos reales que puedan justificar su arresto. Tiene arraigo, dice. Siempre estuvo a derecho, agrega. Pero confiesa que teme por algo que para el abogado resulta inmanejable: “Que el sistema se vuelva loco”.

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