No más familias numerosas: las argentinas bajaron un récord histórico de natalidad

Por primera vez tienen, en promedio, menos de dos hijos cada una; por qué es una buena noticia
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Su nonna tuvo diez hijos, su mamá dos y ella se planta en uno: Valeria Isaia, de 38 años, nunca soñó con una familia enorme. Al contrario, meditó mucho y se tomó su tiempo para ser madre.

Hasta ese momento le consultaron muchas veces por qué no tenía hijos. Cuando llegó Olivia -a sus 34- le comenzaron a preguntar por “el hermanito”. Pero el hermanito no vendrá. “Viví un embarazo feliz y estaba chocha, pero no volvería a pasar por lo mismo”, dice la diseñadora de indumentaria cordobesa que maneja su propia empresa. Le encanta ser madre pero tiene claros sus motivos para no tener más hijos: cree que consumen mucho tiempo, energía y dinero.

El caso de Valeria se repite a lo largo y ancho del país: las argentinas dan a luz cada vez menos hijos. Tanto, que por primera vez en la historia tienen, en promedio, menos de dos hijos cada una. El dato es del año 2019 -el último que tiene registrado la Dirección de Estadísticas e Información de la Salud (DEIS)- y encierra un universo.

En la Ciudad de Buenos Aires los nacimientos disminuyeron un 41% en la última década. Fueron 85.854 en el 2010 y aproximadamente 50.707 en el 2020. Este último número es el estimado hasta el momento. Desde el Registro Civil y Capacidad de las Personas que depende del Ministerio de Gobierno Porteño aclaran que hay nacimientos ocurridos durante la pandemia que aún no se terminaron de inscribir porque los padres se tienen que acercar con cupos limitados a las oficinas. De todas formas, las cifras son elocuentes: en 2020 se inscribieron casi 10.000 menos porteños que en el 2019.

En la Provincia de Buenos Aires, en tanto, los nacimientos se redujeron un 28% en una década: según datos del Registro de las Personas provincial, en el 2010 se inscribieron 248.173 bonaerenses, en el 2020 fueron 179.370.

Menos de dos hijos por mujer

La cifra que reveló DEIS, que depende del Ministerio de Salud, es la tasa global de fecundidad: la relación que hay entre todos los nacidos vivos y la población estimada de mujeres en edad fértil, que se considera entre los 15 y 49 años. Esa cuenta también se puede leer como la cantidad de hijos que tienen las mujeres argentinas en promedio. Para el año 2019, esa cifra bajó a un récord histórico: fue de1.8 hijos por mujer. En 1950 era de más de 3 y recién entrados los noventas bajó a 2.9.

Una tasa de fecundidad de 1.8 es menos que lo que la Demografía considera como tasa de reemplazo: para que una sociedad mantenga su población estable en el tiempo, se necesita que las mujeres tengan al menos 2 hijos, que reemplazarían a un hombre y a una mujer.

Pero eso es sólo lo que la Demografía necesita. ¿Y las mujeres?

Estela Encinas viene de una familia tan grande que ni siquiera conoce a todos: su abuela materna nació en 1920 en Corrientes y tenía 16 hermanos. Parió ocho hijos. Una de ellas fue su mamá, que llegó a vivir a Buenos Aires a los 18 años. Ahí conoció a su papá, que tenía 13 hermanos y quedó viviendo en una villa del conurbano bonaerense luego de hacer la colimba en el sur del país. Él era albañil y con el tiempo logró comprar un terreno en Quilmes y construir la casa en la que se criaron Estela y sus seis hermanos.

“Fuimos una familia humilde y pasamos todo tipo de necesidades”, explica Estela, que se esforzó para terminar la secundaria y se casó joven. Tuvo “sólo” tres hijos porque quiso darles lo que ella no tuvo en su infancia. Hoy trabaja como secretaria en un consultorio odontológico de la Capital Federal y siente que la historia de su familia es una de progreso.

Su hija mayor, Araceli, hoy tiene 22 años, la edad en la que Estela se convirtió en madre por primera vez. Dice que no quiere saber nada con tener hijos por ahora, al menos hasta que cumpla 30. Por lo pronto estudia y trabaja, y, si todo sale bien, se recibe de contadora de la UBA el año que viene. Está a punto de irse a vivir sola y Estela dice que la admira mucho.

Rafael Rofman, licenciado en Economía, PHD en Demografía e investigador principal del Centro de Implementación de Políticas Públicas para la Equidad y el Crecimiento (CIPPEC), explica que en la Argentina la fecundidad empezó a descender desde el siglo pasado, pero en el último lustro tuvo el descenso más rápido en al menos los últimos 70 años: entre 2014 y 2019 la tasa global de fecundidad cayó un 22% (y se ubicó en 1.8 hijos por mujer).

La fecundidad de adolescentes también bajó muchísimo en esos cinco años: se redujo un 39%. Una de las posibles explicaciones que encuentra para el brusco descenso de la maternidad adolescente es el sistema de entrega de implantes subcutáneos anticonceptivos para mujeres menores de 25 años, que el sistema de salud público comenzó a aplicar en 2014. Pero es apenas una pequeña pieza del rompecabezas.

Según explica Rofman, la Ciudad de Buenos Aires siempre tuvo una historia demográfica similar a España e Italia -en todo el mundo las fecundidades empiezan a bajar en los sectores medios urbanos- , lo que sucedió ahora es que el resto del país comenzó a asimilarse.

Desde su punto de vista, el hecho de que baje la tasa de fecundidad es probablemente uno de los mejores indicadores de desarrollo del mundo.

“Es básicamente el reflejo de una maravillosa tendencia mundial: disminuye porque las mujeres tienen más autonomía y libertad de tomar decisiones, los nacimientos son planificados y se van postergando, porque las mujeres dan más prioridad a tratar de hacer una carrera profesional”, explica.

En cambio la alta fecundidad se suele asociar fuertemente con la inequidad social. “Si las jóvenes más pobres, con menos capital humano y, por consiguiente, menos capacidad de generar oportunidades para sus hijos son quienes tienen más alta fecundidad, se alimenta un proceso cíclico de transmisión intergeneracional de la pobreza”.

¿Serán madres?

Cada vez menos hijos y a mayor edad: no hace falta mirar las estadísticas de hace cincuenta o cinco años, si se comparan las cifras de nacidos vivos según la edad de la madre, entre 2018 y 2019 en la Argentina bajaron los embarazos adolescentes y aumentaron los de todos los segmentos a partir de los 25 años. Hay más madres de entre 25 y 29 años, de 30 a 34, de 40 a 44 y de 45 y más.

“En algún punto la pregunta va a ser: las mujeres que están demorando tener bebés: ¿los van a tener en algún momento?”, planteó Kenneth Johnson, demógrafo de la Universidad de New Hampshire para el New York Times. En Estados Unidos se acaba de dar a conocer que la tasa de nacimientos es la más baja desde 1979 y los especialistas se plantean si ya no se llegó a un cambio definitivo. Allí la tasa de fecundidad global hoy es de 1.6 hijos por mujer. En 1950 era 3.

El doctor Mario Sebastiani, reconocido obstetra del Hospital Italiano de Buenos Aires, no necesita leer las estadísticas: después de 44 años de trabajo vio cómo el perfil de las mujeres fue cambiando en el consultorio. “Hasta hace poco a las mujeres de más de 35 años se las denominaba de edad avanzada o madres añosas. Hoy no solo sería políticamente incorrecto, sino que las de más de 35 ocupan la mayor parte de la maternidad del Hospital Italiano”, explica.

Autor del libro ¿Por qué tenemos hijos? (Paidós), en el 2012 Sebastiani se propuso desmitificar aquello de que los hijos vienen al mundo solamente “por amor”. Consultado acerca de por qué tenemos cada vez menos hijos, asegura que las mujeres cambiaron completamente sus prioridades.

“Hoy la mujer mira su situación y comprende que hace falta tener dinero para tener hijos. Mira también a su pareja y si no la tiene se fija si puede hacerlo sola y con qué red de sostén cuenta. Mira también el techo, los metros cuadrados de la casa, su trabajo, posibilidad de progreso y su salario. En definitiva, mira lo que le puede dar, puesto ya se sabe que los hijos necesitan amor, pero también techo, educación, salud y celular por citar las necesidades básicas. Y todas estas cosas se logran generalmente a los 35 a 40 años”, explica. Para Sebastiani este es un cambio bueno porque los bebés no vienen al mundo por amor, si no por deseo. Y es un deseo que debe ser medido con responsabilidad.

Elogio del hijo único

Paola Fiorio tiene 41 años y muchos argumentos para defender haber tenido una sola hija. Los dos principales son que quiso darle atención plena -ella tiene tres hermanos y sabe lo que es que haya muchos niños en la casa- y el asunto económico. “Todo el mundo dice que eso no es importante, pero lo es. Yo trabajo muchas horas y, por un lado, no tengo mucho tiempo libre. Por el otro, hay que pagar el colegio, inglés, la prepaga, comedia musical y ahora parece que Violeta quiere arrancar japonés. Cuando tenés muchos hijos no podés hacer eso”, explica. Ella siente que vivió en una casa con tanta gente -era divertido pero solía refugiarse en lo de los abuelos para estar sola y ser consentida- que no tenía ganas de revivivirlo o hacérselo pasar a su hija.

Su anhelo de infancia siempre fue tener el Juego de la Vida, el popular juego de mesa que pedía para cada Navidad. Pero cada vez que llegaba diciembre su papá le decía que para obtenerlo como regalo debía convencer a sus tres hermanos de que pidieran lo mismo. Nunca lo logró. Años después de contar esta anécdota, sus amigas se lo regalaron cuando cumplió 27.

Paola nunca soñó con ser madre, su hija llegó cuando tenía 32, estaba en pareja hacía cinco años y logró amigarse con la idea. Hoy se ríe de aquello de que las mujeres se realizan siendo madres. “Creo que sin serlo, mi mamá me hizo feminista desde chica. Ella me tuvo re joven, a los 19, y siguió teniendo hijos y perdiendo embarazos hasta los 38. Siempre estuvo en su casa, no pudo estudiar ni trabajar ni viajar. Creo que quise despegarme de ella”, reflexiona.

“Quiero ser madre. ¿Cuándo? Ni idea”, dice Florencia, que tiene 27 años y es diseñadora gráfica. En su grupo de amigas la preocupación que comparten todas hoy es cómo independizarse: irse a vivir solas cuesta mucho dinero e intentar hacerlo sin una pareja es incluso más difícil. “De chica era hiper Susanita, re quería tener seis hijos. Ahora simplemente me planteo el hecho de ser madre y vemos que será de eso”. La maternidad entonces es, por lo pronto, un proyecto muy lejano. “Todavía me falta resolver un montón de cosas”, explica.

María Pía Lopez, socióloga y doctora en Ciencias Sociales, cree que las luchas feministas de los últimos años ayudaron a contraponer la maternidad deseada versus la obligatoriedad presunta de la reproducción. “Eso configura, para muchas mujeres y cuerpos gestantes, la posibilidad de preguntarse por el propio deseo y qué tipo de existencias quieren desarrollar, más allá de los mandatos tradicionales y la familia reproductiva como obligación”.

Raquel Magyary tiene 28 años, es argentina y vive en España. Su compromiso por las marchas de causas feministas -del 8 de marzo, de Ni Una Menos y del aborto- comenzó en Buenos Aires y viajó con ella a Europa: en la jornada por la legalización del aborto en la Argentina de diciembre de 2020 ella fue parte del grupo de mujeres que se manifestó en Barcelona.

Su madre siempre le dijo que tener hijos es una responsabilidad absoluta y que viviera mucho la vida antes de hacerlo. “Siento que para ella convertirse en mamá fue el fin de su libertad”, explica. Toda su vida Raquel dijo que no iba a ser madre, pero en el último tiempo se lo empezó a preguntar. “Antes lo descartaba por completo, ahora se me empieza a despertar la duda”. Eso sí, no quiere que suceda como mínimo hasta dentro de cinco años.

Menos hijos, ¿más queridos?

Rafael Rofman explica que los grupos familiares se fueron achicando inevitablemente con el pasaje de las sociedades precapitalistas a la actual: si antes la familia grande era un factor de poder político y económico -se tenían muchos hijos y se trabajaba colectivamente-, cuando la manera de vivir es a través del mercado de trabajo como asalariados no hace falta una familia muy grande para poder vivir bien.

“Al contrario, es un problema, porque con el mismo sueldo tenés que mantener más gente. Se dio vuelta el flujo de recursos: en sociedades de alta fecundidad los adultos ganan de tener muchos hijos, en las modernas se pierde. O se gana teniendo pocos. Entonces cambia el sistema de incentivos y la gente dice: voy a tener sólo los hijos que quiero tener”, dice Rotman.

Son también, como los define, hijos mucho más caros hoy en términos estrictamente económicos: una escuela buena, los idiomas, el deporte y las inquietudes artísticas suponen tiempo, plata y recursos. “Hace cien años se tenían seis hijos porque los ponían a trabajar en un sistema social que ha sido perfectamente reemplazado. Hoy hay menos incentivos: vos tenés hijos porque realmente los querés, no porque es un buen negocio”.

¿Nuestro sistema previsional debería tomar nota de la baja en la tasa de fecundidad? Para Rofman, que trabajó 18 años en el Banco Mundial en los ejes de desarrollo humano, protección social y pensiones, no se trata de que la tasa de natalidad esté mal para el sistema previsional. En todo caso es un problema del diseño del sistema: tener una institución de seguridad social del siglo 20 en pleno siglo 21. Pero ese ya es otro tema.

María Ayzaguer

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