El explosivo podcast de Corinna, la amante del rey Juan Carlos

Ya son tres los episodios disponibles en Spotify en los que la empresaria alemana, que mantuvo una relación amorosa con el monarca emérito español desde 2004 hasta 2014, narra con detalle los pormenores de su historia
Share on facebook
Facebook
Share on twitter
Twitter
El rey Juan Carlos y Corinna Larsen

Pasión, romance, traiciones, envidia, codicia, corrupción, crimen. Corinna Larsen –ella prefiere zu Sayn-Wittgenstein (el apellido de su último marido, un aristócrata alemán del que se divorció en 2005, después de conocer a Juan Carlos de Borbón– sabe que su historia con el monarca emérito español tiene todos los ingredientes de un true crime –o de una tragedia de Shakespeare, “poder, sexo y dinero”, como dice la presentadora Laura Gómez– y no ahorra ninguna de esas palabras en el podcast presentado por Project Branzen (la productora de los periodistas Bradley Hope y Tom Wright) y PRX (otro tanque en la producción de series de audio para web) cuyos tres primeros episodios ya están disponibles en Spotify.

Desde la introducción de “Corinna y el rey”, la empresaria alemana-danesa cuyo nombre se hizo conocido en todo el mundo en 2006, cuando trascendió en la prensa la relación sentimental que mantenía con Juan Carlos I, se planta como una mujer que creyó que iba a vivir un cuento de hadas, pero descubrió pronto que no habría un “vivieron felices y comieron perdices”. Y sube la apuesta: “Imagina que la persona que dice amar a tus hijos y que eres el amor de su vida te involucra en una investigación criminal”.

Mientras el rey emérito ya hizo saber en estos días por medio de un periodista cercano que cree que su ex amante sólo habla “para ganar dinero” –aunque difícilmente las ganancias superen la famosa donación irrevocable por US$100 millones que él mismo le hizo en 2011, cuando aún estaban juntos y temía no poder legarle nada en su testamento por motivos protocolares–, Corinna no se calla nada: en el primer episodio (La casita: Juan Carlos y la velada de caza) cuenta la verdad sobre cómo y cuándo se conocieron y toda la maquinaria de atenciones románticas y costosos regalos con los que logró conquistarla; en el segundo (Vivir del cuento: Muerte, democracia y bolsas de dinero), revela cómo de a poco se dio cuenta del oscuro entramado de lavado de dinero que escondía su supuesto príncipe azul; y en el tercero (Envidia: La Reina Sofía, Arabia Saudí y una propuesta sorpresa), narra su enfrentamiento con la monarca en el Palacio de la Zarzuela.

Aunque durante años se dijo que su romance había comenzado efectivamente en 2006, la empresaria a quien Pilar Eyre describe en La soledad de la reina (2013) como una mujer de gran influencia sobre Juan Carlos, y que habría llegado a representar a S.M. en sus compromisos internacionales, asegura que en realidad se conocieron en febrero de 2004 durante una partida de caza aristocrática en la campiña española de la que él era anfitrión.

En la voz de Gómez, se cuenta a sí misma como una mujer que “podría ser una princesa: con su tez perfecta, su sonrisa radiante, su pelo rubio y ojos azules brillantes, sus gestos agraciados y modales impecables”, que a los 39 años se sienta en un segundo plano y siempre está observando. El anfitrión, en cambio, tiene puesta encima la mirada de todos, “es guapo y poderoso y todos quieren estar cerca de él”. Pero mientras comen venado y codornices, el rey emérito sólo tiene interés en la discreta rubia que con dos hijos, está en pleno proceso de separación de su segundo marido.

Juan Carlos I todavía era conocido entonces como “el rey que salvó la democracia”. En la profundidad de la cordillera de Sierra Morena, al Sur de España y lejos de los ojos del mundo, dentro La Garganta, el coto de caza privada más grande de Europa –32.000 has propiedad del duque de Westminster–, y a la medianoche, Corinna se acerca sigilosamente hasta el rey para pedirle que le permita retirarse porque, como la experta cazadora que es –aprendió en Botswana con su primer marido, el banquero norteamericano Philip Atkins y trabajó para la exclusiva armería Boss & Co antes de abrir su propia consultora–, quiere estar fresca para la expedición de la mañana siguiente. “Nadie puede retirarse hasta que no lo haga el jefe de Estado, pero yo crecí en este tipo de ambientes y nunca sentí la necesidad de ser totalmente sumisa”, recuerda la empresaria. Ese gesto termina de seducir al aún rey de España.

“Cuando la gente lo llama ‘aventura’ y a mí ‘la amante’, no es que sea despectivo, sino que eso no describe con precisión la profundidad y amplitud de esta relación”, comienza Corinna en el episodio que asegura que por fin contará el cuento que tantas veces tejieron otros con sus propias palabras, y define: “En mi corazón, él era mi marido. Nunca me había sentido tan vinculada a alguien”.

Son las 8 de la mañana y quien será luego señalada como la mujer que llevó a Juan Carlos a la ruina, elige sentarse otra vez en un lugar alejado de la atención del resto de los invitados, pero un enviado del rey se le acerca y le indica que debe acomodarse a su lado. Dice que tiene complicaciones con sus armas de caza y quiere hacerle unas consultas al respecto. Ella está acostumbrada a aconsejar a hombres poderosos sobre armas carísimas, y le explica minuciosamente cuál es el problema. “Creo que le divirtió mucho que yo pudiera hacer eso”, dice. También que no la intimide su autoridad. A la vista de todos, charlan en inglés y en francés y ríen como si estuvieran solos. Es el comienzo de un amor clandestino que durará una década y terminará con la abdicación de Juan Carlos en 2014, en medio de uno de los mayores escándalos de la realeza europea.

“Mi puesto de tiro estaba al lado del de S.M. –cuenta sobre esa mañana fría y lluviosa de febrero–, él no tuvo mucha suerte con la caza, pero yo no fallé ninguna vez. Me chocó los cinco y me dijo ‘Bien hecho’”. El viaje terminó con intercambio de teléfonos, aunque no fue el rey quien la llamó una vez que ella estuvo de vuelta en su casa de Londres, sino el embajador de España en el Reino Unido. “S. M. me pidió que me pusiera en contacto con usted por la reparación de su colección de armas”, le anunció.

Ella supo enseguida que era un pretexto. Pronto sí fue el rey el que comenzó a llamarla a diario a su oficina, primero, para conversar sobre armas, hasta que la conversación se vuelve más personal.

Si ella no estaba en la oficina, él le dejaba mensajes con un seudónimo: el señor Sumer, un apócope de Su Majestad El Rey que en inglés suena casi a verano. Poco después, comienza a llamarla desde su teléfono personal. “Era surrealista, porque jamás me habría imaginado que pudiera ocurrir algo así, pero era divertido y persistente de una manera graciosa. Claramente es conocido por ser uno de los mayores seductores de la realeza”, dice Corinna, que se dejó seducir.

Aceptó encontrarse por primera vez con él a solas para un almuerzo en El Pardo sólo unos meses después de conocerlo en la cacería de La Garganta. Hospedada en el Ritz de Madrid, un chofer del rey la conduce hasta la residencia oficial de la casa real española, donde también vive la reina Sofía. El señor Sumer la espera en su refugio privado, un pequeño pabellón de caza alejado al que Corinna llegará a llamar “su casita”. Cuando a ella la sorprende lo deteriorada que está la construcción, él le explica que perteneció a Franco y desde entonces se mantuvo prácticamente inalterada.

Pese a que ella todavía le dice Su Majestad, la comida es íntima. Está claro que Corinna ya no está ahí en carácter de asesora, sino que eso es una cita. Juan Carlos le confiesa antes del postre que su matrimonio con Sofía es una fachada, sólo pasan tiempo juntos en público. También le pide que lo ayude a organizar la luna de miel del Príncipe Felipe y Letizia, que iban a casarse en mayo de ese año.

Según el relato de Corinna, su empresa –Apollonia Associates– se encargó de organizar el viaje por varios países en la más absoluta discreción. La prensa dirá que Felipe y Letizia pasan su luna de miel recorriendo pequeños pueblitos de España y visitando lugares vírgenes y atracciones culturales, pero los entonces príncipes tienen su luna de miel secreta y lujosa gracias a ella; sin que nadie lo sepa recorren Jordania, Camboya, Tailandia, Samoa, California, las playas de México, y Fiji. Corinna dice también en el podcast que el Rey le dijo que pasara la mitad de los gastos a Palacio y la otra mitad a la empresa catalana Navilot, propiedad de su amigo Josep Cusí. Y que no era más que otro pretexto para sostener la relación: sabía que en ella lo natural era resolver problemas.

Pocas semanas después del encuentro en “la casita”, Juan Carlos es claro con Corinna: quiere tener una relación romántica con ella. Corinna acepta, pero con una condición: no quiere una relación casual. Para ella no era un “problema moral” el que estuviera casado, pero “otra cosa era formar parte de una especie de estructura de harén”. Eso sí que no le interesaba “en absoluto”, dice. Otra vez, que ella no acceda a la sumisión total la hace más atractiva a los ojos del Rey; como dice Gómez: “Algunos hombres simplemente aman la caza”, y Corinna sabía de memoria cómo jugar al cazador y la presa.

Así es como el donjuán por excelencia se embarca en un cortejo sólo al alcance de su linaje y su fortuna. “Me llamaba diez veces al día, todos los días me enviaba flores y cartas, cientos de cartas”, confía Corinna. Eran cartas escritas a mano en papel oficial que también eran entregadas a mano a su destinataria por medio del Servicio Especial.

“Expresaba sus emociones de una manera profunda. No eran cartas de amor estereotipadas, eran muy sinceras –cuenta la ex amante de Juan Carlos–. Decía que me extrañaba, pero claramente parecía que lo que echaba de menos era tener a una persona con la que pudiera hablar de todo”. Corinna se transformó también en eso, en la confidente del Rey.

Para septiembre de 2004, dice, los dos ya estaban “locamente enamorados”. Hacían escapadas secretas para verse en cotos de caza de toda Europa, o se encontraban a escondidas en Venecia, pero el único lugar del mundo en el que pueden amarse sin miedo a ser descubiertos por los paparazzi es “la casita” de El Pardo, a sólo veinte minutos en auto de la Zarzuela. A sólo veinte minutos en auto de donde duerme la Reina. Junto a ella, dice Corinna, el Rey “descubrió una forma de vida completamente nueva, disfrutaba de la normalidad de todo. Yo tengo los pies en la tierra, soy de las que entran en la cocina, preparan el desayuno, ponen la mesa, ordenan el cuarto… ¡y él no había visto algo así nunca!”.

Era, en efecto, como jugar a la casita. Mientras ella se ocupaba de la casa, el rey asaba hamburguesas en la barbacoa con un short de baño verde flúo –regalo de su novia–, y el hijito menor de Corinna, Alexander, de entonces 2 años, jugaba en una piscina infantil y lo llamaba cariñosamente “papá”. Cuando años después las fotos se filtraron a la prensa, recuerda la narradora, la sociedad española enloqueció: “Nunca antes habían visto a su rey en pantalones cortos”. “Le encantaba poder tomarse un fin de semana fuera del protocolo y simplemente siendo él mismo”, dice Corinna en el podcast que Juan Carlos no quiere escuchar.

“La casita” se transformó así en un hogar íntimo para la pareja y los hijos de Corinna. Primero ella puso flores en los cuartos y la sala, después él hizo pintar las paredes y trajo unos sillones donados por un amigo. Y finalmente, desvió fondos para remodelar el lugar por completo. El secreto de esa familia secreta no podía durar mucho: los empleados del Palacio pronto comenzaron a sospechar.

Con la misma normalidad plebeya, Juan Carlos abre su corazón ante Corinna como nunca lo hizo antes. Le habla de su hermano menor, el infante Alfonso, que murió trágicamente de un disparo en la cabeza, en un confuso episodio, durante la Semana Santa de 1956. El rey emérito tenía 18 años y estaba solo con su hermanito de 14 años en uno de los cuartos del primer piso de la residencia de los Borbón en Estoril, durante su exilio portugués. Aunque el comunicado oficial diría que Alfonsito estaba limpiando su arma –una 22 que parecía un juguete hasta que se volvió verdugo–, nunca quedó claro quién la había disparado, nunca hubo una investigación: sólo Juan Carlos sabe lo que ocurrió esa noche. Corinna cuenta que el Rey le decía que Alfonsito “era el realmente brillante, el guapo, el mejor jugador de golf, el hijo favorito de sus padres, la luz que brillaba en la familia”. También revela que “Juan Carlos es muy disléxico, y a pesar de ser zurdo, lo obligaron a escribir con la mano derecha”. Y que en el relato del rey sobre esa noche trágica hay “una zona gris”.

El podcast, que no ahorra maldad, retoma la versión de la periodista de la realeza Pilar Urbano, en la que Alfonsito entra con una ametralladora de juguete al cuarto en el que Juan Carlos estaba estudiando y le apunta mientras grita simulando la onomatopeya de la ráfaga de disparos en automático. Molesto porque fue desconcentrado, el rey emérito abre el cajón de su escritorio y saca una 22. “Tú sí estás muerto”, le dice, y gatilla. Corinna asegura que Juan Carlos le confesó que había matado a su hermanito accidentalmente. “Claramente estaban jugando a un juego estúpido –dice–. En cualquier caso, él cargó el arma. Nunca se ha investigado, pero creo que en el fondo de su alma él siente una gran culpa”.

Según Corinna, Juan Carlos le contó que, después de la tragedia, su madre, María de las Mercedes de Borbón y Orleans, se hundió en el alcohol al punto de tomarse sus propios perfumes. Juan Carlos volvió al colegio militar en Zaragoza a instancias de su padre, Juan de Borbón, que decide que sólo con el primogénito lejos logrará poner el dolor a raya. La ex amante del rey recuerda a modo de prueba la frase que siempre se dijo que escucharon aquella noche los sirvientes de los Borbón, en el grito desesperado del padre: “Prométeme que no lo hiciste a propósito”.

Corinna dice que en un lugar de su mente, el hombre que fue su rey en la intimidad –para el que cocinaba risottos a pedido en “la casita”– siempre es ese adolescente parado junto al cuerpo de su hermanito que se desangra, el adolescente cuyo padre sospechó de inmediato que había disparado a propósito. “Detrás de su bonhomía hay una profunda tristeza, y por eso tiene cambios de humor tan tremendos”, dice.

La mujer que ahora ventila los secretos más oscuros del monarca es la misma para la que Juan Carlos intentaba preparar el desayuno por las mañanas, aunque el resultado no fuera menos dramático: tostadas quemadas. Pero en pleno romance, eso les causaba gracia y todo era felicidad. “Decían que no había sido un padre presente con sus hijos, pero disfrutó mucho ejerciendo ese papel con Alexander: lo cambiaba, le ayudaba a vestirse y le enseñaba muchas cosas”, dice Corinna. También relata que la mañana en la que ella le pidió que le contara su verdadera historia y le dijo que quería saber quién era él realmente, en vez de hablar, Juan Carlos le dio un libro: Juan Carlos, a people’s king (2004), la biografía escrita por el historiador británico Paul Preston.

Preston se adentra en la relación del monarca emérito con el dictador Francisco Franco, la figura en la que Juan Carlos recuperó al padre que se negaba a quererlo y la pieza más oscura en el rompecabezas de su personalidad. Con su familia en el exilio, el tirano se ocupa y controla la vida del joven príncipe en España. Elige hasta quiénes serán sus compañeros de clase, un paternalismo tóxico que sin embargo es la única forma de interés que conoce el chico. “Juan Carlos es su proyecto favorito”, dice la voz de Guzmán en el podcast. “Creo que Franco tuvo sobre él un efecto muy duradero y dañino –opina Corinna–. Habrá sufrido una sensación de abandono, porque evidentemente era un monstruo, fue uno de los dictadores más crueles de nuestra historia reciente”. Y fue quien crió al rey emérito.

El propio Preston cuenta en una entrevista que Juan Carlos, a quien él había elegido no consultar para su biografía, consciente de las limitaciones que eso le impondría a la edición, lo citó en la Zarzuela después de que el libro se publicó. “Pensé que iba a cortarme la cabeza, pero le había encantado. Me agradeció por devolverle la vida. Cuándo le pregunté qué quería decir, me explicó: ‘Todos escriben sobre mí desde la perspectiva de un privilegiado. Usted en cambio cuenta lo mucho que tuve que sufrir para estar donde estoy’”.

Franco anunció quién sería su sucesor en el verano de 1969, y Juan de Borbón, que había perdido todo, menos la esperanza de recuperar el trono, queda en shock cuando entiende que el hijo que le entregó casi como un rehén al dictador será el nuevo Rey de España. “En ese sentido Juan Carlos es bastante despiadado –dice Corinna–. La empatía que debió de aprender en un entorno familiar adecuado no existía para él”.

Pero contra lo que podía esperarse de él, fue un rey moderno y carismático que impulsó el cambio y defendió la democracia en 1981, ante la amenaza de un golpe de militares franquistas. Con su uniforme militar, da un mensaje al pueblo español: “La corona, símbolo de la permanencia y unidad de la Patria, no puede tolerar en forma alguna acciones o actitudes de personas que pretendan interrumpir por la fuerza el proceso democrático”. Sus palabras, pronunciadas hace más de cuarenta años, todavía emocionan, y claro, lo convirtieron en el verdadero rey de la popularidad: un intocable al que los escándalos no parecían siquiera rozarlo, porque se suponía que la estabilidad de la corona era también la de la todavía frágil democracia española.

Pero fuera de las tapas de la revista Hola! Y los paseos familiares a bordo del Bribón –su yate de regatas–, Juan Carlos llevaba una vida de amantes, viajes de caza prohibidos y cifras obscenas de dinero. Todo lo que terminó por salir a la luz a partir del escándalo de Corinna “ya se comentaba en las redacciones”, dice en el podcast el ex editor del diario El Mundo David Jiménez, que aclara que, sin embargo, “a ningún jefe se le ocurría pedirle a sus periodistas que investigaran, no se podía tocar al rey”. Corinna dice que también fue viendo esa otra vida oculta del Rey –un iceberg del que ella era sólo la punta– cuanto más tiempo pasaba con él: “Había cosas que para mí eran tan inusuales, que me refería a ellas como ‘la corte de los milagros’, porque iban llegando de repente: él llamaba a alguien que tenía una gran variedad de vinos de Burdeos y le decía ‘La verdad es que me encantan esos vinos, ¿podrías enviarme alguno?’; lo siguiente que veías era que llegaban 20 cajas de aquel vino impagable. Su deseo era una orden”.

En los papeles, la familia real española es mucho más modesta que otras monarquías europeas, pero Corinna describe los mecanismos de un entramado de lavado de dinero con el que dice que Juan Carlos sostenía su carísimo nivel de vida: “Lo veía llegar de los viajes contento como un niño de cinco años. Traía bolsas llenas de dinero en efectivo. Yo me quedaba sin palabras y le decía: ‘Dios mío, ¿qué es eso?’. ‘Esto es de mi amigo tal, y esto de mi amigo tal y tal’, parecía una situación muy habitual”.

Es quizá la parte más inverosímil del relato: si aceptamos que Corinna es una empresaria lúcida y hábil y que se sorprendió para mal al ver las bolsas de dinero, es difícil entender por qué después aceptó que le transfiriera a su cuenta 100 millones cuyo origen no podía comprobar. O Corinna es ingenua e inocente, o dueña de una inteligencia que la convierte en cómplice. Aunque, justo porque es una mujer brillante, lo resuelve con la anécdota perfecta: “Si le hacía alguna pregunta, me respondía: ‘No seas tan dramática, no entiendes cómo es España”.

En el tercer episodio, disponible desde anteayer, Corinna habla de los “almacenes enteros” a los que Juan Carlos tenía acceso con sólo manifestar su deseo. “Era como una Navidad permanente –dice–. Al principio era divertido, luego me di cuenta de que era demasiado, casi un acumulamiento compulsivo”. Y entonces, la empresaria tiene una idea que parece lógica y libre de consecuencias negativas, ¿por qué no regalarle a los empleados del Palacio algunos de esos regalos reciclados para Navidad? Comida gourmet y ropa y joyas de grandes diseñadores, todo va a parar a los empleados del rey, que agradecen felices por una atención inédita. Pero del otro lado, también hay empleados disconformes: los de la reina Sofía.

Corinna asegura que el rey siempre le decía que la envidia era la enfermedad nacional. “Aunque causara recelo, ellos no tenían ese tipo de detalles con el personal. Ni él ni su esposa”, dice Corinna, que acepta que se volvió influyente en las decisiones del rey. Y no sólo las domésticas, porque está formada para mucho más, y el rey lo sabe.

Termina por revisar documentos nacionales clasificados. “Él prefería mirar una película de cowboys y decirme: ‘¿Podrías leer esto y contarme que está pasando?’”, revela. Pronto la envidia también llegó a los asesores del rey, que comienzan a preguntarse quién es esa mujer, “O más bien: ‘¿Quién cree que es?’”. Después, explica: “Yo le pedía consejos al rey y él hacía lo mismo conmigo. Lo describiría como una especie de ‘pareja poderosa’”.

Tras dos años de relación, el rey sentía adoración por Corinna. Cuando no podía estar con ella, la llamaba a toda hora. Una noche se deja llevar: “Ven a ver mi casa, mi oficina, mi habitación”, le ruega por teléfono. Quería mostrarle cuántas fotos de ella y de sus hijos había en su cuarto, dice Corinna, que de cualquier manera aceptó la invitación a la Zarzuela, donde un pasillo vigilado con una puerta electrónica separaba a la reina Sofía y a su personal del equipo del rey y de su intimidad. “Tenía una zona completamente reservada para él dentro del palacio y creo que quería que yo la viera”, dice ella.

Antes de Corinna el rey había tenido infinidad de amantes, algunas que también llegaron a ser consideradas como su gran amor. El podcast habla de muchas mujeres que se supone que conocían todos sus secretos, incluyendo a la actriz Sandra Mozarowsky, que en los setenta cayó accidentalmente –en la voz de Guzmán ese “accidentalmente” se refuerza como una ironía– de un balcón. Tenía sólo 18 años y estaba embarazada. “Creo que fingieron durante años y, en mi humilde opinión, esa capa de falsa armonía se estaba volviendo más fina mes a mes”, dice sobre Juan Carlos y Sofía Corinna, a quien el rey habría amenazado de muerte tras la separación, aunque sin mencionar a Mozarowsky: “Si no obedeces, puedes terminar como la princesa Diana”.

Cuando acepta la invitación a la Zarzuela, Corinna trata de asegurarse de que no hay posibilidades de cruzarse con Sofía: “Había oído lo hostil que podía ser y sabía lo obsesionada que estaba con nuestra relación, así que tenía miedo”. Él le asegura que la reina no está y tendrán todo el palacio para ellos y sus amigos. Pero mientras el grupo hace un tour por los salones de la planta baja, una puerta se abre. “De repente, la reina irrumpe en el cuarto con la cara como un trueno. Saludó a otro invitado y después me miró y me dijo ‘¿Quién eres?’.

Juan Carlos calló ante esa hostilidad que ocurría a la vista de los otros invitados. “Fue una escena vergonzosa para todos”, relata, para rematar con crueldad: “Creo que no fue una actitud digna para una persona de su edad. Tampoco era necesario. Me dio pena”.

La envidia, sostiene Corinna, también nubla la visión de la reina. Había pasado la vida haciendo la vista gorda a las aventuras de su marido, incluso las más escandalosas, y hasta había sido llamada sin eufemismos “la cornuda nacional”, pero ahora tenía la oportunidad de vengarse. En 2006 el rey invita a su novia como asesora a una visita oficial a Arabia Saudita. No era sólo una visita amistosa, sino de negocios, en particular, la prioridad era el tren AVE a la Meca. Pero a último momento, Sofía se suma a la comitiva, en el mismo avión oficial en que viajan todos. Lo de ella tampoco era amistoso: viajaba para marcar territorio. Corinna queda en segundo plano, en una casa de huéspedes, sin posibilidades de hacer nada por su cuenta en el mundo árabe, dependiendo de los empresarios varones de la comitiva para todo. El rey no hace nada para que no se sienta dejada de lado, cuenta. Son tres días infernales que concluyen de la peor manera, ni siquiera le permiten viajar en el avión de regreso. Vuelve a Londres sola en un vuelo directo. La relación con Juan Carlos se resquebraja después de eso. La reina, furiosa, esparce el rumor en Londres: “Creo que toda esta hostilidad fue porque se dio cuenta del cariño que sentía el rey por mis hijos, entonces a partir de ahí, mis hijos comenzaron a estar excluidos de las fiestas de cumpleaños de sus compañeros de colegio. Y yo también”.

Sin embargo, en 2007, para el cumpleaños 70 del rey, están más enamorados que nunca y se encuentran en Mónaco. Ella le regala siete esculturas de elefantes hechas por un reconocido orfebre de Zimbabwe. Para un fanático de la caza, era el regalo perfecto. Fascinado con Corinna, le devuelve regalos costosísimos y le sigue escribiendo cartas de amor. En enero de 2009, para festejar su quinto aniversario, la espera con una cena a la luz de las velas en “la casita” y tiene un gesto tan romántico como irrealizable: le regala un anillo de compromiso –una esmeralda tallada en forma de diamante con dos diamantes triangulares, una alianza de platino de diseño muy clásico, salvo porque es enorme–. Unos meses antes le había pedido su mano al padre. “Siempre me decía ‘Me gustaría casarme contigo mañana’. Obviamente él estaba casado, así que lo tomé como una señal de lo mucho que significaba para él. Diría que fue algo más simbólico que vinculante”.

Corinna, que siempre había sido muy discreta en público, comenzó a usar el anillo en los encuentros con sus íntimos amigos. Pero pasar a ser su mujer no es mejor que ser querida en la clandestinidad: pronto se entera de que el rey tiene otra amante rubia y bastante oficial, Sol Baccarat, con quien se ve hace tres años. Es la traición viva del acuerdo que sellaron al empezar la relación; finalmente, Juan Carlos nunca renunció a su harem.

En Mónaco, donde Corinna era asesora de la princesa Charlene, comienza a atar cabos: Juan Carlos era un hombre despiadado y manipulador que había posado como admirador de todas sus amantes. Era mentira que la quisiera más que a las demás: “Llegué a un punto en el que no podía creer en nada, me preguntaba ‘¿Algo de esto fue cierto?’ Y fue entonces cuando me di cuenta de su increíble talento. Yo lo llamaría ganador de un Oscar”. Aunque todavía no lo supiera, ella también estaba comenzando a planear su venganza.

Mercedes Funes

Share on facebook
Facebook
Share on twitter
Twitter
error: Contenido protegido !!