“Consecuencias devastadoras”: el alza del combustible amenaza la estabilidad social en el mundo

Desde el sur de Asia y África hasta Europa y América Latina, el costo de llenar el tanque de un auto, desplazarse al trabajo y comprar alimentos se disparó; en Ecuador el aumento derivó en protestas masivas

“No es suficiente”. Ese fue el mensaje que los líderes de las protestas en Ecuador le dieron al presidente del país la semana pasada.

Ocurrió luego del anuncio que bajaría el precio de la nafta regular y el diésel en 10 centavos debido a las protestas masivas por el aumento de los precios del combustible y los alimentos.

La furia y el miedo generado por los precios de la energía que se han disparado en Ecuador es un fenómeno que se experimenta en todo el mundo. En Estados Unidos, los precios promedio de la gasolina, que han saltado al nivel de 5 dólares por galón, están agobiando a los consumidores y se han convertido en una difícil encrucijada política para el presidente Biden antes de las elecciones legislativas de mitad de término que se celebrarán este otoño.

Pero, en muchos lugares, el incremento en los costos del combustible ha sido mucho más dramático y la miseria que eso genera es mucho más crítica.

Las familias se preocupan por cómo mantener encendidas las luces de sus casas, llenar el tanque del automóvil, calentar sus hogares y cocinar sus alimentos. Las empresas lidian con el aumento de los costos operativos y de tránsito y con las demandas de aumentos salariales por parte de sus trabajadores.

En Nigeria, los estilistas usan la luz de sus teléfonos celulares para cortar el cabello porque no pueden encontrar combustible a precios asequibles para usar los generadores de gasolina. En el Reino Unido, cuesta 125 dólares llenar el tanque de un auto familiar promedio. Hungría prohíbe a los automovilistas comprar más de 50 litros de nafta al día en la mayoría de las estaciones de servicio. El martes pasado, la policía de Ghana disparó gases lacrimógenos y balas de goma contra los manifestantes que protestaban contra las dificultades económicas provocadas por el aumento del precio de la gasolina, la inflación y un nuevo impuesto a los pagos electrónicos.

El asombroso aumento en el precio del combustible tiene el potencial de reconfigurar las relaciones económicas, políticas y sociales en todo el mundo. Los altos costos de la energía tienen un efecto en cascada porque impulsan la inflación, obligan a los bancos centrales a aumentar las tasas de interés, aminoran el crecimiento económico y obstaculizan los esfuerzos para combatir el grave cambio climático.

La invasión de Ucrania por parte de Rusia, el mayor exportador de petróleo y gas para los mercados mundiales, y las sanciones de represalia que siguieron han provocado que los precios del gas y el petróleo se disparen con una ferocidad asombrosa. Esta calamidad se suma a dos años de agitación causada por la pandemia de Covid-19, los cierres intermitentes y problemas en la cadena de suministro.

El aumento en los precios de la energía fue una de las principales razones por las que el Banco Mundial revisó su pronóstico económico el mes pasado y estimó que el crecimiento global se desacelerará aún más de lo esperado, ubicándose en 2,9 por ciento este año, aproximadamente la mitad de lo que fue en 2021. El presidente del banco, David Malpass, advirtió que “para muchos países, será difícil evitar la recesión”.
De Europa a Asía y África

En Europa, una dependencia excesiva del petróleo y el gas natural rusos ha hecho que el continente sea particularmente vulnerable a los altos precios y la escasez. En las últimas semanas, Rusia ha estado reduciendo las entregas de gas a varios países europeos.

En todo el continente, los países están preparando planes para el racionamiento de emergencia que implican topes en las ventas, reducción en los límites de velocidad y termostatos más bajos.

Como suele ocurrir con las crisis, los más pobres y vulnerables sufrirán los efectos más duros. La Agencia Internacional de Energía advirtió el mes pasado que los precios más altos de la energía han significado que 90 millones de personas adicionales en Asia y África no tengan acceso a la electricidad.

La energía costosa contribuye a los altos precios de los alimentos, reduce el nivel de vida y expone a millones de personas al hambre. El aumento de los costos de transporte incrementa el precio de cada artículo que se transporta, envía o vuela, ya sea un zapato, un teléfono celular, una pelota de fútbol o un medicamento recetado.

“El aumento simultáneo de los precios de la energía y los alimentos es un doble golpe en el estómago para los pobres en prácticamente todos los países”, dijo Eswar Prasad, economista de la Universidad de Cornell, “y podría tener consecuencias devastadoras en algunos lugares del mundo si persiste durante un periodo prolongado”.

En muchos lugares, los medios de subsistencia ya se están viendo alterados.

Dyone Dayola, de 49 años, dirige un consorcio de unos 100 conductores que recorren el área metropolitana de Manila recogiendo pasajeros en minibuses conocidos como jeepneys o yipnis. Ahora, solo 32 de esos conductores están trabajando. El resto se ha ido a buscar otros empleos o ha optado por mendigar.

Según Dayola, antes de que los precios comenzaran a subir, él ganaba alrededor de 15 dólares diarios. Ahora, esa suma se ha reducido a cuatro dólares. “¿Cómo puedes vivir con eso?”, preguntó.

Para aumentar los ingresos familiares, la esposa de Dayola, Marichu, vende comida y otros artículos en las calles, mientras que sus dos hijos a veces se despiertan al amanecer y pasan unas 15 horas al día en sus yipnis, con la esperanza de ganar más de lo que gastan.

Filipinas solo compra una pequeña cantidad de petróleo de Rusia. Pero la realidad es que no importa a quién le compre el petróleo: el precio se establece en el mercado global. Todos están pujando contra todos y ningún país está aislado, incluido Estados Unidos, el segundo mayor productor de petróleo del mundo después de Arabia Saudita.

De manera persistente, la energía costosa está generando descontento político no solo en lugares donde la guerra en Ucrania se siente remota o irrelevante, sino también en países que lideran la oposición a la invasión de Rusia.

El mes pasado, Biden propuso suspender el pequeño impuesto federal a la gasolina para reducir el aumento de la nafta a 5 dólares por galón. La semana pasada, Biden y otros líderes del G7 discutieron un precio máximo para el petróleo ruso exportado, una medida que tiene como objetivo aliviar la carga de la dolorosa inflación sobre los consumidores y reducir los ingresos por exportaciones que el presidente Vladimir Putin está usando para hacer la guerra.

Los aumentos de precios están en todas partes. En Laos, la gasolina ahora cuesta más de 7 dólares por galón, según GlobalPetrolPrices.com; en Nueva Zelanda, es más de 8; en Dinamarca supera los 9 dólares; y en Hong Kong, cuesta más de 10 por cada galón.

Los líderes de tres compañías energéticas francesas han pedido un esfuerzo “inmediato, colectivo y masivo” para reducir el consumo de energía del país, diciendo que la combinación de escasez y aumento de los precios podría amenazar la “cohesión social” durante el próximo invierno.

En los países más pobres, la amenaza es más crítica porque los gobiernos se debaten entre ofrecer asistencia pública adicional, lo que exige asumir una deuda onerosa, y enfrentar graves disturbios.

En Ecuador, los subsidios gubernamentales a la gasolina se instituyeron en la década de 1970, y cada vez que los funcionarios han tratado de revocarlos se desencadena una reacción violenta.

El gobierno gasta aproximadamente 3000 millones de dólares al año para congelar el precio de la gasolina normal en 2,55 dólares y el precio del diésel en 1,90 por galón.

El 26 de junio, el presidente Guillermo Lasso propuso rebajar 10 centavos de cada uno de esos precios, pero la poderosa Confederación de Nacionalidades Indígenas del Ecuador, que lleva dos semanas de protestas, rechazó el plan y exigió reducciones de 40 y 45 centavos. El jueves, el gobierno aceptó reducir cada precio en 15 centavos y las protestas disminuyeron.

“Somos pobres y no podemos pagar la universidad”, dijo María Yanmitaxi, de 40 años, quien viajó desde un pueblo ubicado cerca del volcán Cotopaxi hasta Quito, la capital, donde la Universidad Central del Ecuador está siendo utilizada para albergar a cientos de manifestantes. “Los tractores necesitan combustible”, dijo. “Los campesinos necesitan que les paguen”.

Los subsidios al gas, que ascienden a casi el 2 por ciento del producto nacional bruto del país, están afectando críticamente a otros sectores de la economía, según Andrés Albuja, un analista económico. El gasto en salud y educación se redujo recientemente en 1800 millones de dólares para asegurar los grandes pagos de la deuda del país.

El presidente de México, Andrés Manuel López Obrador, está utilizando el dinero que el país obtiene del crudo que produce para ayudar a subsidiar los precios del gas doméstico. Pero los analistas advierten que los ingresos que el gobierno obtiene del petróleo no pueden compensar el dinero que está perdiendo eliminando temporalmente los impuestos sobre la gasolina y otorgando un subsidio adicional a las empresas que operan las estaciones de servicio.

En Nigeria, donde la educación pública y la atención médica están en condiciones deplorables y el Estado no puede garantizarles a sus ciudadanos algunos servicios básicos como electricidad o seguridad, muchas personas sienten que el subsidio al combustible es lo único que el gobierno hace por ellos.

Kola Salami, propietario del Salón Unisex Valentino en las afueras de Lagos, ha tenido que buscar combustible asequible para el generador que usa para operar su negocio. “Si dejan de subsidiarlo, no creo que podríamos…”, dijo sin poder completar la frase.

En Sudáfrica, uno de los países más desiguales del mundo, el aumento del precio del combustible ha creado una crisis más.

Mientras el presidente, Cyril Ramaphosa, hace campaña para la reelección en la conferencia del partido gobernante Congreso Nacional Africano en diciembre, incluso los aliados tradicionales del partido consideran que el costo del combustible es una falla más del liderazgo político.

En junio, después de que el combustible superara el precio récord de 6 dólares por galón, el Congreso de Sindicatos de Sudáfrica marchó por Durban, una ciudad devastada por la violencia y los saqueos del año pasado, y las recientes inundaciones. Los altos precios del combustible han sido “devastadores”, dijo Sizwe Pamla, portavoz de los sindicatos.

La espiral vertiginosa de los precios del gas y el petróleo ha estimulado una mayor inversión en fuentes de energía renovables como la eólica, la solar y el hidrógeno de bajas emisiones. Pero si la energía limpia está recibiendo un impulso de inversión, también lo están haciendo los combustibles fósiles.

El mes pasado, el primer ministro chino, Li Keqiang, pidió una mayor producción de carbón para evitar cortes de energía durante una ola de calor abrasador que afecta las regiones del norte y el centro del país, por lo que se prevé que haya un aumento en la demanda de aire acondicionado.

Mientras tanto, en Alemania, las plantas de carbón que estaban programadas para su retiro están siendo reactivadas para desviar el gas hacia los suministros de almacenamiento para el invierno.

Hay pocas esperanzas de que esta situación mejore en el futuro próximo. “Seguiremos viendo precios de energía altos y volátiles en los próximos años”, dijo Fatih Birol, director ejecutivo de la Agencia Internacional de Energía.

Según Birol, el único escenario en el que bajarían los precios del combustible sería con una recesión mundial.

Por Patricia Cohen
The New York Times

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