A un año del regreso talibán: las mujeres aterrorizadas que huyen de Afganistán

El 15 de agosto de 2021, el grupo fundamentalista islámico retomó el poder del país asiático tras dos décadas. Desde entonces, volvió a imponer su régimen de terror a la población civil y con especial saña hacia las mujeres
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Mujeres afganas

Algunas de ellas, lograron escapar a Pakistán, donde contaron sus historias y sus sueños antes de migrar a Italia para construir una nueva vida.

Por: Joaquín Sánchez Mariño

(Islamabad y Roma. Enviado especial) Cuando cruza la calle, apenas mirando para los costados como si no existieran los autos, nadie podría adivinar que Samaneh acaba de escapar del Talibán. El sol de Roma le hace cerrar un poco los ojos, pero los 38 grados de calor seco no le molestan, no son siquiera una versión leve de la atmósfera ardiente de Islamabad, la capital de Pakistán. Allí pasó sus últimos seis meses, recluida en una casa segura a la espera de una oportunidad para empezar de nuevo. Unos kilómetros más allá -367 para ser exactos, a través de las montañas- su casa en Kabul quedó vacía. Su hermana huyó a Irán, su hermano a Italia, sus padres huyeron con ella. Afganistán, a partir del 15 de agosto de 2021, dejó de ser su país.

“Antes del Talibán fue la época dorada para las mujeres en Afganistán: teníamos derecho a estudiar, a trabajar, a tener negocios, a estar en el Parlamento… Éramos libres, y la hiyab era opcional, podíamos elegir cómo vestir. Pero con los talibanes todo cambió. El día en que llegaron salí a hacer una sola compra: una hiyab negra para cubrirme la cara”.

-¿Cómo fue hacer esa compra?

-Fue lo mismo que entrar a una cueva.

Samaneh tiene 28 años y aunque su apellido suena musical y es lindo de escribir, debe ser reservado por razones de seguridad. Lo mismo sucederá con cada apellido de cada historia: aún quedan familiares de los entrevistados en Afganistán y hablar en contra del régimen puede ponerlos en problemas. Para Samaneh sin embargo es importante contar su historia porque siente culpa de no estar con las mujeres que quedaron.

“Yo vivía en Kabul. Recibí una beca para estudiar en la Universidad Norteamericana de Afganistán y me gradué en Administración de Negocios. Luego durante dos años trabajé en la universidad, primero de manera voluntaria y luego como empleada”, cuenta.

El alzamiento talibán sucedió demasiado veloz: en menos de un mes fueron tomando ciudades y finalmente el 15 de agosto entraron a Kabul y tomaron el poder del gobierno sin recibir casi resistencia. Luego de 20 años, volvían a gobernar Afganistán.

“Un día antes, el 14 de agosto, yo estaba en la oficina de la universidad y nos ordenaron quemar todos los documentos, no podían permitir que los talibanes tuvieran acceso a nuestro sistema. Era un sábado, y aún así estabamos en la oficina a la noche asegurándonos de que no quedara nada sin quemar. Y al día siguiente, como era domingo y estaba cansada, no fui a la oficina. Y fue el día en que el Talibán tomó el poder”, recuerda.

A partir de entonces, solo importaba escapar. “Mi hermana tenía una visa para Inglaterra viajando a través de Irán. Yo no quería ir a Irán, pero no me quedaba otra opción, así que fuimos al aeropuerto. Llegamos y no podíamos creer toda la gente que había esperando, todo Kabul estaba reunido en el aeropuerto, así que esperamos ahí por mucho tiempo y empezó el caos, las corridas, los gritos… Entonces mi cuñado dijo que nos teníamos que ir porque era peligroso, y ahí sucedió lo del avión, todos subidos a las alas, uno que caía desde el cielo, y decidímos irnos a casa”, dice.

“Volvimos y estuvimos ahí escondidos, aterrados, no queríamos verle las caras a los talibanes. La gente decía que estaban buscando casa por casa, y me dijeron que debía quemar mis documentos personales de la universidad, que si descubrían que había estudiado en la universidad norteamericana corría peligro. Y empecé a quemar un papel y me di cuenta de que no podía hacerlo, así que los escondí”.

-¿Preferías correr el riesgo?

-No podía destruir eso: me pedían que quemara mi pasado, pero yo sentía que estaba quemando mi futuro.

Samaneh tenía el objetivo de trabajar en la Embajada de Estados Unidos, pensaba que así podría tener mejores oportunidades para estudiar en el exterior. Durante un año siguió un proceso de selección y exámenes que incluían chequeo de sus antecedentes familiares, legales, médicos. Finalmente, la eligieron. Debía comenzar en su cargo el primero de septiembre, sin embargo, ante el alzamiento Estados Unidos evacuó su embajada. Nunca más respondieron sus emails, tan solo le dijeron que estaba en una lista de prioridad para recibir una visa pero debía pasar al menos un año en un tercer país.

No era una opción, así que Samaneh se puso a buscar alternativas. “Le escribí correos a todo el mundo, a todos los países que se me ocurrieran. Necesitaba una salida”, cuenta. Mientras tanto seguía escondida junto a su familia.

“Unos días después del primer intento volvimos a ir al aeropuerto. Mi hermano, que vive en Italia, le dio nuestros nombres al gobierno italiano y nos llamaron. Nos dijeron que teníamos que estar en el aeropuerto a las 2 AM, que iba a haber un vuelo y nuestros nombres estaban en la lista. Cuando llegamos nadie nos decía nada, no teníamos idea a dónde ir, y después de varias horas decidimos irnos porque no parecía seguro esperar ahí, íbamos a descansar un rato y volver más tarde. Y apenas nos fuimos sucedió la explosión”.

Fue el 26 de agosto del 2021 y, en realidad, se trató de dos explosiones: un ataque suicida y una bomba. Murieron 183 personas y otras 150 resultaron heridas. El atentado se lo atribuyó el Estado Islámico como represalia para aquellos que buscaban huir.

“Después de eso me llamaron de la Universidad y me dijeron que iban a evacuar estudiantes y trabajadores de la institución, que como era soltera y joven tal vez podían incluirme en la lista. Esperé muchas horas, pero me volvieron a llamar y me dijeron que no iban a poder hacer el vuelo por una cuestión de seguridad. Pensé que ya no había oportunidades para mi. Me quedé en casa con mis padres. Los primeros días teníamos provisiones pero el resto de los días llamábamos a amigos para que nos trajeran cosas. Nos dejaban todo en la puerta y se iban, y entonces las agarrábamos y volvíamos a escondernos”, cuenta.

Estuvo cinco meses más en Afganistán. Su hermano desde Italia seguía buscando salidas, y le prometió que si no encontraba una solución viajaría él mismo a buscarla. Su hermana logró llegar por tierra a Irán y volar luego al Reino Unido. Ella y sus padres esperaron en Afganistán y en enero decidieron emprender su camino por tierra a Pakistán. Finalmente, su hermano dio con una ONG que estaba organizando la salida y acogida de mujeres afganas en Italia. Llegó a Islamabad y seis meses después, un día pudieron reencontrarse en Roma, donde ahora cruza la calle con una sonrisa enorme en la cara y dice, mientras los autos pasan detrás como carruajes de celebración: “No puedo creerlo, estuve meses esperando por este momento. Me siento viva acá, me siento como en casa, puedo ver mi futuro”.

Su hermano la abraza. Irán pronto a la localidad de Abruzzo, donde les ofrecen una casa y nuevas oportunidades para ella y otras chicas que llegaron en el mismo avión, todas atrás del futuro, todas adelante del pasado.

“Acá puedo levantar mi voz libremente -dice-, puedo seguir mi educación. En Afganistán las mujeres no pueden hablar, y acá espero poder hacerlo en representación de ellas. Allá yo posteaba mucho en Twitter y en Facebook, pero me dijeron que dejara de hacerlo porque estaban buscando casa por casa a las que hacían eso, incluso secuestraron a algunas, así que paré. Teníamos la voz silenciada, y acá puedo… acá puedo twittear lo que quiera, apoyar a todas las mujeres en Afganistán que perdieron sus derechos. Y puedo tener el rostro descubierto, puedo ser yo, puedo dejar de vivir una vida restringida”.

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Kawsar mira unas flores que acaba de recibir. A veces en Kabul iba a un parque cerca de su casa y se sentaba a leer. Cuando llegó agosto, supo que no iba a volver a ver al menos por un tiempo ni los tulipanes ni los jazmines de Afganistán. Vería otros, no los mismos. Guardó sus cosas y dejó la capital ese mismo mes. Ella, su padre, su madre y sus siete hermanas dejaron la casa en la que vivían. Nadie está allí hoy.

Cuando era chica, Kawsar veía a su padre reunirse casi todos los días con muchas personas en su casa. Eran reuniones a puertas cerradas donde se discutían cosas importantes: su padre era uno de los diez generales de mayor rango en el país. Ella quería entrar, quería escuchar de qué se hablaba ahí, qué discutían, pero no estaba permitido. Con los años, dice que esa prohibición la llevó a estudiar Ciencias Políticas primero y Relaciones Internacionales después. Se graduó con honores.

“Mi padre siempre apoyó que sus hijas estudiaran, lo cual es un poco raro en Afganistán. En mi país es un grupo pequeño el de las personas que pueden elegir cuál será su futuro, y yo estoy agradecida de eso”, dice.

No solo el rol de su padre en el ejército afgano puso a la familia en peligro, su propia actividad profesional la convirtió en un blanco: un año antes de la toma los talbanes empezaron a negociar algunos aspectos del futuro con el entonces gobierno afgano. Apoyados por Naciones Unidas, se armó una comisión para la protección de la mujer y cuatro funcionarias del gobierno fueron elegidas para representar a las mujeres del país durante el proceso de negociación. Sabían que muy probablemente Kabul caería y las organizaciones en defensa de la mujer querían asegurar que podrían seguir estudiando, participando en política, eligiendo su futuro. El Talibán prometió que sí, que habían cambiado, modernizado, y que ahora la sharia -la ley que rige la vida bajo un gobierno islámico extremista- sería más igualitaria.

Kawsar fue contratada como asesora de esa comisión de mujeres, y durante meses estudió la mentalidad talibana. Finalmente Kabul cayó y las cuatro representantes tuvieron que dejar el país, hoy viven todas en diferentes destinos de Europa. Kawsar en cambio quedó en Afganistán varios meses más, pero no en Kabul. Se mudaron al sur y en noviembre del 2021 lograron cruzar a Pakistán.

-¿Qué es lo que espera el talibán de las mujeres?

-Es obvio lo que esperan: simplemente quieren controlar cada aspecto de la vida de las mujeres afganas. No pueden moverse libremente, no pueden recibir una educación, no pueden trabajar, y tienen que obedecer lo que ellos dicen. Ellos creen que la mujer es inferior al hombre, y cualquier cosa que dice un superior debe ser acatada. Eso es todo.

-¿Cómo se explica esa mentalidad?

-Está basado en la mala interpretación que tienen del Corán. Muchos países islámicos no entienden que el mundo ha cambiado. Las mujeres afganas son poderosas, y lo serán más, y ellos no van a poder ignorarlas. Pero el talibán sabe que el primer paso para controlar a una persona es la mente, entonces no quieren que las mujeres vayan a centros educativos y se junten, discutan, entiendan la realidad que les toca, sean conscientes de lo que está pasando. Porque si eso pasa, sus mentes se vuelven más poderosas, y no quieren.

-¿Qué aprendiste de esas negociaciones en las que trabajaste como asesora?

-Un amigo de Singapur, que participó y habló directamente de las negociaciones con los líderes talibanes, me dijo: “Lo que tienen en común es el corazón, ellos tienen corazón y ustedes tienen corazón. Son seres humanos, y ustedes también son seres humanos”. Basado en eso espero que se den cuenta de que necesitan cambiar. No lo hicieron aún, y de hecho las restricciones están aumentando. No creo que hayan cambiado, pero sé que si lo deciden, pueden cambiar.

-¿Qué es lo que más vas a extrañar de Afganistán?

-Es una pregunta muy difícil. Probablemente extrañe todo. Familiares que dejé allá, mi casa, mi gente, las calles por las que caminaba… Yo crecí en Kabul, es muy difícil irse. Es probable que extrañe cada pedacito de mi vida en Afganistán. No me voy a olvidar de nada de eso. Estoy agradecida de tener la oportunidad de estar segura en Italia, pero no me olvido de dónde vengo y deseo ayudar a las mujeres afganas desde afuera, para darles apoyo y que no se sientan solas.

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Afganistán está seco y tiene cada vez menos alimentos. La guerra en Ucrania los privó además de toneladas de cereales que importaban cada año. La inflación incluye aumentos como el 68% en la harina de trigo desde junio del 2021 a hoy, más del 100% de aumento en los fertilizantes, 93% en el gasoil, 55% el aceite de cocina. Hoy, casi la mitad de los afganos sufre por la falta de alimentos, según el Programa Mundial de Alimentos de la ONU: son 18,9 millones de personas las que, según el informe, no tienen un plato de comida diario asegurado.

Además, los derechos. Para los talibanes las mujeres y los hombres no son lo mismo. Hace poco un juez de familia talibán afirmó frente a una cámara que las mujeres no pueden ser juezas porque “tienen el cerebro más pequeño”. En el mismo documental, un líder espiritual dice a la periodista Isobel Yeung que el régimen debe ser más estricto de lo que ya es y extremar restricciones a las mujeres porque “no tienen los mismos derechos que los hombres”.

Del otro lado de la frontera, en Islamabad, crecen las organizaciones que intentan brindar ayuda. Bilquis Tahira es la Directora Ejecutiva de Shirakat, una organización sin fines de lucro que desde el regreso del Talibán ofrece refugio a mujeres que escaparon. En una zona residencial de Islamabad tienen varios departamentos donde viven diferentes familias que esperan la oportunidad de seguir su vida en otra parte.

Ahora, un año después del alzamiento, está a punto de despedir a un grupo de treinta personas que viajarán a Italia con una visa humanitaria, gestionada en este caso por Pangea, una ONG que tiene una casa de acogida en Kabul y coordina con Bilquis muchos de las vías de salida. “Estoy muy feliz de verlos irse porque la migración forzada de algún modo te quita la identidad. Ésta es gente que en su país eran profesionales, y en Pakistán estaban en una especie de suspensión. Ahora se están mudando a su próximo destino. Y sé que no va a ser fácil, recién está sucediendo, pero aún así estarán trabajando para construir su futuro”, dice ella mientras varias de las mujeres y hombres que vivieron en sus departamentos la rodean para abrazarla mientras lloran.

El vuelo humanitario sale algunas horas después desde Islamabad hacia Roma. Irán a bordo 217 personas que fueron asistidas por diferentes ONGs: ARCI, FCDE, Comunità di Sant’Egidio y Caritas Italiana. En conjunto, todas ellas lograron que el gobierno italiano reciba como refugiados a todos los pasajeros y habilite la posibilidad de que las mismas organizaciones puedan proveer casa, asistencia, educación y todo lo necesario para asentarse. La parte final del operativo llegó de la mano de Enrique Piñeyro (a través de Solidaire, su ONG), y Open Arms. Ellos se encargaron de organizar y realizar el vuelo que los sacaría de Pakistán rumbo a Italia.

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Bashira aún guarda algunas de las imágenes que la expulsaron de su país. Toma su celular y muestra un video donde se ven cuerpos en una zanja junto al aeropuerto en el día de la explosión, muestra una corrida de mujeres en una protesta mientras se escuchan los disparos, muestra una escena -grabada por ella- en la que un talibán saca de la calle a patadas en el pecho a una mujer.

Hace seis meses está en la casa segura de Shirakat en Islamabad y partirá hoy junto a su marido rumbo a Roma. Huyeron de Herat, la tercera ciudad más grande de Afganistán, a comienzos del 2022. Los dos eran activistas por los derechos humanos y fueron marcados por el talibán. Bashira tiene un ojo hinchado, una bacteria le entró hace unas semanas y le inflamó el párpado. Dice que nunca usó burka (la vestimenta tradicional más rigurosa que se usa en algunas comunidades musulmanas, que cubre completamente el cuerpo y el rostro), pero sí hiyab (un velo que cubre cabeza y pecho y que es usado por la gran mayoría de las mujeres musulmanas), casi siempre de color verde.

Bashira se escondió cuando aparecieron los talibanes en su ciudad. Estuvo veinte días en un sótano hasta que se hartó y decidió luchar. Se comunicó con sus compañeras activistas y organizaron una protesta frente a la casa de gobierno de Herat, recién tomada por los extremistas. Escribieron carteles con consignas anti talibán, pidiendo por sus derechos y proclamando que no tenían miedo. Se hicieron fotos, mostraron sus rostros, alzaron sus voces. Finalmente, los nuevos dueños del poder las corrieron a balazos. En una de esas huídas, Bashira cayó desde dos metros y se lastimó la pierna. Ya no pudo seguir marchando. Meses depués, cuando hasta twittear se volvió peligroso, decidió irse.

“El 15 de agosto fue como una pesadilla para nosotras. Nos fuimos a dormir una noche y cuando despertamos de repente todo había cambiado. Afganistán de pronto era otra cosa. Ni siquiera reconocíamos nuestra ciudad. Fue una situación tan mala que ni siquiera puedo describirla bien”, dice. Tiene una mirada rigurosa y un tono de voz firme. Veinticuatro horas después de la primera entrevista en Pakistán vuelve a hablar con Infobae, esta vez desde Italia. Dice que no, que no se siente feliz, que ella quiere estar en Afganistán. Que se siente agradecida pero feliz no, que la felicidad es otra cosa, aunque no está segura de conocerla.

Junto a ella en el aeropuerto aparece un grupo de diez chicas jóvenes, de entre 16 y 21 años. Ellas sí parecen felices, aunque no se sabe si es alegría o alivio lo que muestran. Son un equipo de ciclistas profesionales que lograron escapar juntas y serán recibidad en Abruzzo. El Talibán no les permitía andar en bicicleta, mucho menos de manera profesional, así que decidieron irse. Ellas también tuvieron que esconderse los primeros días, y también tiene que reservar el apellido, pero están juntas y sueñan con ser un equipo olímpico aun estando fuera de su país.

Mahnaz tiene 16 años. “Mi sueño es ser una ciclista famosa”, dice y sonríe. “Y además quiero ser doctora”, dice. Y parece que va a callar, pero mira a la cámara y dice algo más, ya no con alegría sino con amargura, dice que en realidad desea algo más grande que todo lo anterior.

-¿Qué?

-Reunirme pronto con mi familia.

Igual después vuelve a reír, y dice que su padre le pidió que se fuera aunque tuviera que dejarlos a ellos atrás, que siguen en Afganistán. Que su padre, al que no sabe si volverá a ver, le pidió por favor que persiguiera sus sueños. Todos, todos los sueños que se le puedan ocurrir. Pero todos juntos hoy no son posibles a la vez.

Afganistán, una vez más, es esa tierra donde hay que elegir con la mirada cubierta por un velo.

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