Banfield le aplicó un golpe de nocaut a las aspiraciones de Independiente de subirse a los puestos de vanguardia de la Superliga. No solo por el 1-0 que se llevó de Avellaneda sino porque su triunfo provocó la primera catarata de insultos contra jugadores e incluso contra Hugo Moyano que pudo escucharse en el estadio Rojo en muchísimo tiempo, abriendo un interrogante enorme sobre el futuro de un Rey de Copas en plena barranca abajo.

Las Islas Británicas, como no podía ser de otro modo, fueron el escenario de la primera grieta futbolística de la historia, allá por mediados del siglo XIX. Los ingleses apostaron atacar a base de fuerza, lanzamientos aéreos y carga masiva para cabecear; sus vecinos escoceses, en cambio, decidieron ver qué ocurría si probaban bajar la pelota al césped y avanzar dándose pases entre ellos. Por esas cosas del destino, muchos años más tarde, los fundadores de Independiente adoptaron un escudo que homenajeaba a St. Andrews, el patrono escocés, marcando desde la cuna un estilo de juego.

Contra Banfield, la marca que viste al Rojo puso sobre el pecho del equipo de Fernando Berón la bandera de la tierra del whisky y las gaitas: camiseta azul con la cruz blanca en el pecho. Quizás como homenaje, tal vez como búsqueda mágica de una identidad que lleva un largo tiempo extraviada.

La fórmula surtió un mínimo efecto en los 45 iniciales. El conjunto local se armó de paciencia para buscar el hueco del alfiler en la muy nutrida defensa de Banfield moviendo la pelota por todo el ancho de la cancha. La capacidad de Lucas Romero para iniciar los ataques, la movilidad de Blanco y Benítez para darles continuidad y las subidas de Bustos y Silva le dieron al Rojo permanentes opciones de pase para progresar y dominar el ritmo del partido.

Le faltó en ese lapso, como tantas otras veces, creatividad para sacar un conejo de la galera en los metros finales y provocar desequilibrio donde realmente duele. El talento que marca diferencias es una mercancía escasa que no abunda en este Independiente. Lo saben los rivales, que se ocupan en de cerrarle los caminos y esperar que vaya ganando espacio el nerviosismo para aprovechar algún contraataque.

El Taladro no fue la excepción. Superó sin grandes zozobras un par de sustos (Silvio Romero y Benítez desviaron los remates más claros) y generó dos disparos claros en el área de Campaña que bloquearon Lucas Romero y Pablo Pérez. Fueron los primeros llamados de atención.

La primera acción del segundo tiempo pareció acentuar la tendencia. A la salida de un córner, Campaña le ahogó el grito a Carranza. La consecuencia, sin embargo, fue otra: un ida y vuelta que mejoró el espectáculo. Se activó Independiente, entendiendo que debía buscar la definición por abajo. Creyó en sí mismo Banfield, viendo que era el dueño de las búsquedas por arriba en el área de enfrente.

Probó desde lejos Pablo Pérez y anduvo cerca; Arboleda le sacó un remate franco a Silvio Romero; Campaña tapó ante Urzi y Víttor. A nadie le extrañó cuando a los 67, Lollo cabeceó sin saltar un córner de Dátolo y puso el 1-0.

Para entonces, ya nada quedaba del pretendido estilo escocés. Independiente quiso apretar apelando a la fuerza inglesa; Banfield se quedó esperando una nueva oportunidad; la hinchada comenzó repartir insultos a propios y extraños.

El final terminó de desteñir la camiseta que quiso ser recuperatoria de un estilo. Independiente acabó tirando centros para mayor gloria de los lungos del fondo visitante. Banfield se abrazó a un triunfo que le permite seguir escalando. La gente despidió a los suyos pidiendo que se vayan todos. Ya nadie se acordaba de homenajes, ya nadie pensaba en una magia que en la vereda roja de Avellaneda parece definitivamente rota.

Fuente: La Nación

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