Los resultados de las pruebas PISA 2025 vuelven a poner en evidencia las dificultades que atraviesa el sistema educativo argentino. Sin embargo, reducir el diagnóstico a que “los chicos aprenden menos” sería una interpretación demasiado simple. Las opiniones de los especialistas permiten observar un problema mucho más complejo, en el que se combinan deficiencias estructurales del sistema educativo con cambios profundos en las formas en que los adolescentes leen, estudian, se concentran y acceden al conocimiento.
Uno de los aspectos que más preocupa es el desempeño en Matemática. El 76% de los estudiantes argentinos no alcanzó el nivel básico establecido por PISA, lo que representa el peor resultado de la serie comparable. Para Gustavo Zorzoli, exrector del Colegio Nacional de Buenos Aires, esta situación no resulta sorpresiva: Argentina arrastra dificultades en esta área desde hace 15 o 20 años y no se han implementado políticas educativas sostenidas capaces de modificar esa tendencia. Desde su perspectiva, el problema no está solamente en la enseñanza de contenidos complejos, sino en que la escuela no logra garantizar aprendizajes matemáticos elementales necesarios para desenvolverse con autonomía en la vida cotidiana, continuar estudios o insertarse en el mundo laboral.
Martín Nistal, del Observatorio de Argentinos por la Educación, coincide en señalar que el deterioro de los resultados en Matemática es una tendencia que viene profundizándose desde hace años. En el caso de la Lectura, agrega otro componente fundamental: la desigualdad social. Las condiciones económicas, el acompañamiento familiar y las oportunidades de acceso a experiencias culturales y de lectura influyen significativamente en los aprendizajes. En este sentido, Nistal sostiene que la escuela debería desempeñar un papel central en la reducción de esas desigualdades, especialmente entre los estudiantes provenientes de contextos más vulnerables.
Sandra Ziegler, investigadora de FLACSO, propone una explicación todavía más amplia. Según su análisis, el deterioro educativo es consecuencia de problemas estructurales acumulados: el aumento de la pobreza y las desigualdades, la fragmentación del sistema, la discontinuidad de las políticas educativas, la falta de objetivos estables y las dificultades para garantizar condiciones adecuadas de enseñanza. A esto se suma un debilitamiento del tiempo y de la intensidad destinados a trabajar sobre los aprendizajes fundamentales.
Pero los resultados de PISA también permiten observar un fenómeno que trasciende las condiciones socioeconómicas. Jorge Galindo, director del Centro de Políticas Económicas EsadeEcPol, llama la atención sobre el crecimiento de los llamados “lectores apresurados”: estudiantes que leen rápidamente, pero responden de manera incorrecta. Esta tendencia podría estar relacionada con una creciente dificultad para sostener la atención, comprender textos extensos, evaluar información e integrar datos provenientes de distintas fuentes.
En este punto aparecen las pantallas, las redes sociales y las nuevas herramientas de inteligencia artificial. Los especialistas no plantean que la tecnología sea necesariamente perjudicial. El problema estaría en el modo en que se utiliza. Cuando las herramientas digitales favorecen el aprendizaje y permiten adaptar las actividades a las necesidades de cada estudiante, pueden ser beneficiosas. Pero cuando interrumpen la concentración o sustituyen el esfuerzo intelectual —por ejemplo, cuando se utilizan para resumir automáticamente un texto que el estudiante debería comprender por sí mismo— pueden terminar debilitando determinadas capacidades.
Los propios datos de PISA reflejan esta preocupación. En Argentina, el 55% de los estudiantes afirmó que sus compañeros se distraen con dispositivos electrónicos durante la mayoría o todas las clases de Ciencias, frente al 28% registrado en el promedio de los países de la OCDE. Esto permite pensar que la dificultad no reside únicamente en cuánto tiempo pasan los adolescentes frente a una pantalla, sino también en cómo esa exposición modifica sus hábitos de atención y procesamiento de la información.
La relación entre Lectura y Matemática también resulta significativa. Carina Cabo, doctora en Ciencias de la Educación de la Universidad Nacional de Rosario, advierte que un estudiante que no comprende correctamente una consigna difícilmente pueda resolver un problema matemático, aunque posea conocimientos específicos de esa materia. Desde esta perspectiva, las dificultades en lectura pueden repercutir directamente sobre otros aprendizajes.
También es importante comprender qué mide PISA. La evaluación no se limita a comprobar cuánto contenido escolar recuerdan los estudiantes, sino que busca determinar si pueden utilizar sus conocimientos y habilidades para resolver situaciones nuevas y problemas de la vida cotidiana. Por eso, un mal resultado no necesariamente significa que un alumno desconozca determinado contenido, sino que puede indicar que tiene dificultades para aplicar lo aprendido en contextos diferentes.
Otro aspecto relevante es que el problema no afecta exclusivamente a los sectores más vulnerables. Aunque las desigualdades sociales tienen un peso indiscutible y los estudiantes de contextos desfavorecidos enfrentan mayores obstáculos, también se observan dificultades de lectura, convivencia y vínculo con el aprendizaje entre jóvenes de sectores medios y altos. Esto sugiere que existe, además de la desigualdad, un problema más general relacionado con la manera en que la escuela enseña y con las nuevas formas en que los adolescentes se relacionan con el conocimiento.
En definitiva, los resultados de PISA 2025 deberían ser interpretados como una señal de alerta, pero también como una oportunidad para revisar qué está ocurriendo dentro de las aulas. El desafío no consiste solamente en incorporar más tecnología o aumentar la cantidad de contenidos, sino en recuperar aprendizajes fundamentales: comprender lo que se lee, razonar matemáticamente, analizar información, sostener la atención, formular preguntas y resolver problemas.
La principal dificultad parece surgir de la combinación de dos procesos. Por un lado, un sistema educativo que desde hace años no logra garantizar de manera sostenida los aprendizajes básicos. Por otro, una transformación cultural y tecnológica que está modificando las formas de atención, lectura y acceso al conocimiento. La escuela debe responder a ambos desafíos simultáneamente.
Por eso, más que afirmar que “los chicos son peores que antes”, sería más preciso decir que estamos frente a una escuela que no está consiguiendo responder adecuadamente a las nuevas condiciones de aprendizaje, mientras continúa arrastrando problemas estructurales que llevan décadas sin resolverse. El desafío educativo argentino consiste, entonces, en recuperar los aprendizajes esenciales sin ignorar el mundo en el que hoy viven los estudiantes.
Si querés, también puedo convertirlo en una versión más breve y contundente, estilo columna de opinión, o en un texto académico para presentar en un trabajo.






