Todo empezó en un paisaje verde inglés, entre cabañas pintorescas y animales de granja.

Los miembros de Queen venían de una importante gira internacional y ya habían mostrado de qué eran capaces con tres primeros discos que les habían abierto las puertas del competitivo mundo del rock británico a fuerza de hits: Queen (“Keep Yourself Alive”), Queen II (“Seven Seas of Ryhe”), Sheer Heart Attack (“Killer Queen”).

Herefordshire fue algo así como una casa de retiro para comenzar a cranear el siguiente paso, conscientes de que debía ser consagratorio. Queen fue diseñando la evolución de su carrera así, paso a paso, estrujando sus mentes en busca del mejor sonido y la mejor canción. Por eso no es azaroso que no hayan fallado. A night at the Opera, el cuarto disco de la banda, es considerado una verdadera obra maestra en la historia del rock. Y gran parte de ese título se lo lleva la canción insignia: “Bohemian Rhapsody”.

Freddie Mercury ya había experimentado con esquemas innovadores a la hora de componer. Aunque es muy difícil definir el estilo musical de Queen, una de sus características ha sido la de mezclar frases totalmente diferentes y hacerlas converger en una misma canción, como si se tratara de una sonata de varios movimientos. Componer una rapsodia parecía, en ese sentido, muy propio de la banda: la rapsodia supone un ensamble musical de diverso origen, de varias canciones sin ningún tipo de relación. “Great King Rat”, “My Fairy King” o “The March of the Black Queen”, de hecho tienen mucho de esto, como si hubieran sido un ensayo para componer la masterpiece.

Los miembros sobrevivientes de Queen cuentan que Freddie tenía todo en su cabeza cuando se presentó con su propuesta. Cada uno había estado trabajando en canciones propias para ofrecer al nuevo álbum, pero quedaron maravillados con el trabajo de Mercury. “Freddie parecía que tenía todo el tema perfectamente claro en su cabeza. A todos nos intrigaba cómo iba a hacer para engarzar todos esas piezas”, dijo en una entrevista Brian May, quien tuvo a su cargo perfeccionar el contundente solo de guitarra que precede a la parte de ópera de la canción, probablemente el segmento más atractivo e intrigante al mismo tiempo del tema.

“En general tengo todo en mi cabeza, escribo lo que debería hacer cada uno y ellos después lo completan”, explicaba Freddie sobre su manera de componer. “Sabía exactamente cómo quería que sonara”, agregó Roger Taylor, que tuvo que repetir cientos de veces su falsete de “Galileo” hasta alcanzar la nota que le pedía Mercury.

La grabación se realizó en los Estudios Rockfield -hoy célebres por eso y por haber sido el lugar donde grabaron bandas como Oasis, Black Sabbath, entre otras- a lo largo de tres semanas. Se completó en Londres en cuatro estudios: Wessex, Scorpion, Roundhouse y Sam East. La enorme complejidad de la composición hizo que les llevara jornadas de trabajo de entre 10 y 12 horas por día.

May recuerda hasta el día de hoy que la cinta magnetofónica quedaba transparente por grabar tantas voces superpuestas: “La gente cree que es puro cuento pero cuando ponías la cinta delante de la luz se podía ver a través de ella. Cada vez que Freddie añadía un Galileo perdíamos algo”. Según recordó Jim Beach, quien quedó como manager de la banda desde 1978 hasta el día de hoy, “Queen tenía alquilado el estudio y estaban mezclando “Bohemian Rhapsody” con Roy Thomas Baker. Era una megamezcla de veinticuatro pistas, que incluía bovinas esclavas, premezclas y ensayos para mezcla. Había que coordinar muchísimos potenciómetros, era realmente complicado. Se pasaban horas y horas intentando acertar, sin conseguirlo del todo. De repente sucede el milagro. Estaban eufóricos, a punto de celebrar, cuando se fue la luz y apareció alguien cantando el cumpleaños feliz a Freddie. Se cortó todo. Hubo que empezar de nuevo”.

La hazaña, sin embargo, no fue solamente lograr grabar una canción como esa con las limitaciones técnicas de la época. La verdadera hazaña fue conseguir que el público la conociera, en tiempos en que las radios no imponían hits de más de tres o cuatro minutos. “Bohemian Rhapsody” duraba casi seis. Esa fue la razón por la cual la discográfica no admitió que fuera la canción que se lanzara como primer single de A night at the Opera. Pero el grupo estaba convencido que debían presentar su nuevo trabajo con ese tema. Querían cambiar las reglas del juego y sabían que tenían con qué.

Por ese entonces, Elton John y Freddie se habían hecho muy amigos, y compartían manager: John Reid. Aunque a Elton le gustaba el tema, coincidía con las leyes del marketing musical y alertó a Reid de que lanzarla como single sería un fracaso inevitable. Los ídolos también se equivocan.

Queen decidió tomar el toro por las astas. Mercury llamó a Kenny Everett, presentador de Radio Luxemburgo, amigo de los Beatles y claramente influyente en el público sobre todo londinense. Le mandó un demo con el mensaje de que se lo devolviera con su opinión. La leyenda dice que no le hizo caso, y pasó a la historia como el primero en emitirlo en su programa. Más aún, que lo hizo 14 veces en un mismo fin de semana, alegando ante los comentarios de sorpresa de algunos oyentes que “no se había dado cuenta”.

Para David Hamilton, conductor de Radio 1, enormemente popular en esa época con 16 millones de oyentes, los que verdaderamente contribuyeron con la difusión de la obra fueron ellos. En una entrevista con la biógrafa de Mercury contó que Eric Hall, conocido promotor de discos, le llevó Bohemian Rhapsody al grito de ‘¡Monstruoso, monstruoso!'”. “Cuando lo escuché pensé que era totalmente distinto de cualquier otro disco de música pop que hubiera oído antes. Era innovador, operístico, subía muy alto y bajaba en picado, y se metía en tu cabeza. Era imposible dejar de tararear algún fragmento”. Según explicó, mientras el programa de Everett solo se escuchaba en Londres, el suyo llegaba a todos los rincones del Reino Unido. Más allá de la disputa por quién lo hizo llegar a los oídos de la gente por primera vez, lo cierto es que la canción cambió para siempre la forma de concebir el rock.

Tommy Vance, uno de los nombres más grandes de la radiodifusión del rock británico, quien condujo el célebre concierto de Live Aid, fue quien definió más categóricamente lo que significó la canción: “Era el equivalente en el mundo del rock al asesinato de John F. Kennedy: Todos recordamos lo que estábamos haciendo cuando lo oímos por primera vez.”

El misterio detrás de la letra

Más allá de la exquisita música, lo que más dio que hablar entre el público fue la intrigante letra de la canción. “Mamá, maté a un hombre./Puse un arma en su cabeza, apreté el gatillo y ahora está muerto”, canta Mercury durante la balada para luego pasar a un desopilante menjunje de personajes provenientes del teatro, la ópera y la Biblia (“Scaramouche”, es un personaje de la Commedia dell’arte, luego aparece Galileo, que podría ser Galilei o no, Fígaro es el protagonista de “Las bodas de Fígaro”, “Beelzebuh” es el diablo según el Antiguo Testamento, y “Bismillah” una palabra en árabe), y terminar con una exhalación “adonde sea que me lleve el viento”.

Brian May y Roger Taylor, los miembros sobrevivientes y activos de la banda -John Deacon se alejó de la música-, tienen que contestar preguntas acerca de este curioso poema hasta el día de hoy. A veces admiten que se trataba de algo “muy personal” de Freddie, otras veces dicen que era un sinsentido que rimaba bien. “Creo que probablemente nunca lo sabremos, y si yo lo supiera, probablemente no querría decírtelo de todas formas. Desde luego yo no le digo a la gente qué significan mis canciones. Me parece que hacerlo las destruye en cierto sentido porque lo bueno de una canción es que uno la relaciona con la experiencia personal. Creo que indudablemente Freddie se debatía con los problemas de su vida personal”, dijo Brian May a la autora de Freddie Mercury, la biografía definitiva.

“Que si quiere decir esto, que si quiere decir lo otro, es lo único que quiere saber todo el mundo. Que les den, cariño. No diré más de lo que diría cualquier poeta decente si alguien se atreviera a pedirle que analice su obra: querido, si tu lo ves, es que está ahí”, zanjó la cuestión Freddie al ser consultado y nunca más volvió a hablar al respecto. La repercusión había sido inmensa, no necesitaba más: número uno en los charts durante nueve semanas tras lanzarse en 1975. En enero de 1976 ya había vendido un millón de copias en el Reino Unido. Volvió a liderar los rankings el 24 de noviembre de 1991, cuando Freddie Mercury murió víctima del sida. Ahora se convirtió en el título de la película que cuenta la vida del artista, que llegará a los cines este jueves. Sin dudas volverá a invadir los oídos del público global, esta vez, probablemente a través de descargas de Spotify. El tiempo pasa para todos, pero una obra de arte puede seguir viajando adonde sea que la lleve el viento.

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