El salto entre tener 60, 75 ó 90 años es tan grande como el que hay entre ser adolescente y ser adulto. Cada generación llega a la inteligencia artificial con una historia distinta
La combinación entre envejecimiento poblacional y avances tecnológicos está dando lugar a un nuevo campo global: la AgeTech, un ecosistema de dispositivos, plataformas y servicios diseñados para mejorar la autonomía, la seguridad y el bienestar de las personas mayores.
Mientras Europa, Estados Unidos e Israel despliegan robots conversacionales, viviendas inteligentes y sistemas de detección automática de emergencias, en Argentina la innovación avanza desde la creatividad y la necesidad, con desarrollos locales que buscan soluciones accesibles para un cuidado más humano.
Emergencias, autonomía y prevención
La expansión de sensores domésticos, relojes inteligentes y asistentes de voz transformó la manera de monitorear situaciones críticas como caídas, períodos prolongados de inactividad o episodios de desorientación. La tendencia global apunta a sistemas capaces de detectar, interpretar y alertar ante comportamientos de riesgo, reduciendo tiempos de respuesta en emergencias que pueden marcar la diferencia.
En países como EE.UU. e Israel ya se utilizan robots como ElliQ, que conversan, recomiendan rutinas, recuerdan medicación y fomentan la interacción social. En Europa, dispositivos como la Nobi Smart Lamp detectan caídas con gran precisión y actúan de inmediato. Nueva York implementa programas públicos que transforman televisores en asistentes personales para adultos mayores.
Innovación argentina: soluciones accesibles y adaptadas al entorno local
Aunque el país no dispone del presupuesto de los grandes centros tecnológicos, surgieron proyectos sólidos:
Tooly, un pequeño robot creado por una ingeniera argentina, que recuerda medicación, detecta periodos sin actividad y brinda compañía.
Ellie Care, en alianza con Samsung y Claro, que convierte un celular común en detector de caídas.
Azikna Care, un reloj conectado a personal médico que permite respuestas rápidas.
AVIA, plataforma interdisciplinaria que predice fragilidad con años de anticipación.
Ato, un asistente de voz sin pantallas, pensado para personas mayores no familiarizadas con smartphones.
Estas soluciones surgen como alternativas de bajo costo en un país donde la demora de ambulancias o la falta de acompañamiento cotidiano puede agravar situaciones evitables.
La brecha tecnológica dentro de la vejez
Los especialistas destacan que no existe una única categoría de “adultos mayores”. Las necesidades tecnológicas varían enormemente:
90+: prefieren sistemas pasivos, automáticos y sin comandos.
75–85 (boomers): adoptan tecnología práctica y simple, como asistentes de voz.
60–75 (Generación X): utilizan apps de encuentros, plataformas educativas, actividades online y redes sociales.
La AgeTech debe diseñarse contemplando estas diferencias para garantizar inclusión y accesibilidad.
Soledad, comunidad y acompañamiento
La soledad es hoy uno de los problemas de salud mental más extendidos en el mundo. Por eso crecieron plataformas globales como Stitch, GetSetUp, Papa o Meetup, que conectan a personas mayores a través de actividades sociales, talleres o acompañamiento para tareas cotidianas.
La tecnología no solo se centra en emergencias; también busca fortalecer redes sociales, rutinas activas y espacios de encuentro para evitar el aislamiento.
Un desafío regulatorio y ético
El mercado AgeTech mueve más de USD 30 mil millones y podría triplicarse en la próxima década. En foros como el AgeTech World Congress de Madrid se debaten temas que aún están ausentes en América Latina:
cómo regular la recolección de datos,
cómo garantizar acceso equitativo,
cómo evitar que la tecnología profundice desigualdades,
cómo formar cuidadores en entornos digitalizados.
Lo que la tecnología puede —y lo que no
La IA es capaz de prevenir riesgos, avisar, recordar, acompañar y mejorar la autonomía cotidiana. Pero hay límites:
no abraza, no contiene emocionalmente ni reemplaza a la comunidad afectiva.
Los especialistas coinciden en que el futuro del cuidado estará en un equilibrio entre algoritmos y vínculos humanos: la tecnología puede alertar, pero quien responde sigue siendo una persona.







