Científicos del CONICET advierten sobre el riesgo de una inundación repentina originada en la cuenca de la Laguna Torre y señalan la necesidad de reforzar el monitoreo de los lagos glaciares. El Concejo Deliberante de El Chaltén reclama un protocolo de contingencia que permita evacuar la localidad en un plazo estimado de entre 45 minutos y una hora.
A unos 18.000 kilómetros de la frontera entre Nepal y China, El Chaltén enfrenta un riesgo de características físicas similares al que provocó recientemente una tragedia en el Himalaya. La comparación no implica que ambos fenómenos puedan alcanzar la misma magnitud, pero comparten una posible secuencia: el desprendimiento de una ladera sobre un lago de origen glaciar, seguido por una descarga repentina de agua, rocas, sedimentos y troncos.
En Nepal, una riada ocurrida el 26 de agosto en la zona de Rasuwa afectó poblaciones del norte y centro del país. La crecida del río Trishuli llegó a ubicarse entre 15 y 18 metros por encima de su nivel habitual y destruyó asentamientos a lo largo de 72 kilómetros. El episodio volvió a poner en evidencia las consecuencias que puede generar el desborde súbito de un lago glaciar en un valle ocupado por viviendas, caminos e infraestructura.
En Santa Cruz, el escenario bajo observación se encuentra en la cuenca de la Laguna Torre, a unos 10 kilómetros de El Chaltén. Allí, la ladera norte del cerro Solo presenta signos de inestabilidad desde hace años.
Un eventual colapso de rocas y material de montaña sobre la Laguna Torre podría generar una ola interna capaz de superar o fracturar la morena terminal que contiene el agua. La liberación repentina del volumen acumulado podría generar un flujo de agua, rocas y sedimentos por el valle del río Fitz Roy hacia El Chaltén. Este tipo de fenómeno se conoce como GLOF, por sus siglas en inglés: inundación por desborde de un lago glaciar.
Una ladera bajo vigilancia
La investigadora Mariana Correas González, del Instituto Argentino de Nivología, Glaciología y Ciencias Ambientales (IANIGLA-CONICET), explicó que el retroceso de los glaciares puede dejar expuestas pendientes que anteriormente estaban sostenidas por el hielo.
Al perder ese apoyo, las laderas pueden volverse inestables y producir avalanchas de gran volumen. En el caso del cerro Solo, parte del material podría desprenderse directamente hacia la Laguna Torre, un sector frecuentado diariamente por visitantes del Parque Nacional Los Glaciares.
Correas González señaló que existen distintos indicios de inestabilidad en el cerro Solo y que fotografías tomadas a lo largo del tiempo muestran modificaciones en la ladera. Un desprendimiento importante podría impactar sobre la laguna y desencadenar una inundación repentina.
La especialista recordó además un antecedente ocurrido en el Parque Nacional Los Glaciares en febrero de 2013, cuando se produjo un colapso asociado al canal Upsala. Aunque aquel sistema era mucho más profundo y grande que la Laguna Torre, constituye un antecedente relevante sobre la dinámica de estos ambientes.
Un riesgo difícil de predecir
La preocupación científica por la cuenca no comenzó a partir del desastre ocurrido en Nepal. Investigadores estudian desde hace años la evolución del hielo, las pendientes rocosas y los lagos que se forman o aumentan de tamaño como consecuencia del retroceso glaciar.
El trabajo de seguimiento de la ladera permite detectar cambios y construir escenarios sobre un eventual colapso, pero no permite establecer cuándo podría producirse.
Esa incertidumbre constituye uno de los principales desafíos para la gestión del riesgo: no existe una fecha que permita anticipar un desprendimiento, pero sí existen indicadores que justifican medidas preventivas.
Las mediciones recientes agregaron nuevos elementos de preocupación. De acuerdo con datos presentados ante el Concejo Deliberante de El Chaltén, la grieta identificada en la ladera habría avanzado durante el último año una distancia comparable a la registrada durante los siete años anteriores en conjunto.
A esto se suma que el volumen de agua de la cuenca de la Laguna Torre sería mayor al contemplado en las primeras simulaciones realizadas en 2018, debido a la formación de un segundo cuerpo de agua asociada al retroceso sostenido del hielo.
El geólogo Diego Winocur, integrante del equipo que estudia la zona, explicó ante los concejales que una parte de la ladera se desplaza lentamente desde las cabeceras glaciares y desemboca directamente en un lago. Si ese movimiento se transformara en un desprendimiento abrupto, podría producirse el desborde.
Entre 45 minutos y una hora para evacuar
Las estimaciones disponibles indican que, en un escenario de este tipo, el flujo podría tardar entre 45 minutos y una hora en llegar a El Chaltén desde la Laguna Torre.
El agua descendería por el río Fitz Roy, que atraviesa el entorno de la localidad. El tiempo disponible para emitir una alerta y evacuar sería limitado, especialmente durante la temporada turística, cuando cientos de personas pueden encontrarse en senderos, campamentos, alojamientos y sectores próximos a los cursos de agua.
El nivel de exposición también variaría según el momento del día. Un evento diurno podría afectar a numerosos visitantes que recorren los senderos hacia la Laguna Torre o permanecen en campamentos. Un desprendimiento nocturno, en cambio, podría encontrar a una mayor cantidad de personas dentro del área urbana.
En ambos casos, la respuesta dependería de contar previamente con alertas rápidas, rutas de evacuación conocidas y puntos seguros claramente establecidos.
Infraestructura crítica en riesgo
Las consecuencias no se limitarían a las personas.
Entre las posibles áreas afectadas se encuentra el puente de acceso a El Chaltén, construido sobre el río Fitz Roy. Su destrucción o interrupción podría dejar aislada a la localidad del resto de Santa Cruz.
También podrían verse comprometidos sectores próximos a la ribera donde funcionan servicios esenciales, entre ellos la planta de gas, la central eléctrica y el puesto sanitario.
La concejal Elizabeth Romanelli aclaró que el fenómeno potencial en El Chaltén no tendría la misma magnitud que la tragedia de Nepal. Sin embargo, una inundación de menor escala podría generar consecuencias graves en una localidad pequeña, con un único acceso vial y servicios esenciales ubicados cerca del río.
Antecedentes en la región
Los GLOF forman parte de la historia ambiental de los Andes patagónicos.
Winocur y la geóloga Daniela Schmidt, integrante del Instituto de Estudios Andinos Don Pablo Groeber (IDEAN-UBA), publicaron este año un estudio en Springer Nature sobre paleoinundaciones repentinas y eventos históricos de desborde de lagos glaciares en la cuenca del río Blanco.
La investigación identificó cinco episodios en un sector de los Andes y documentó dos eventos históricos con datos concretos.
Uno ocurrió en el lago Sucia entre 1966 y 1968, cuando se liberaron aproximadamente cinco millones de metros cúbicos de agua y el caudal máximo alcanzó los 1.200 metros cúbicos por segundo.
El otro tuvo lugar en 1913, en el lago Piedras Blancas, con una descarga estimada de hasta 1,3 millones de metros cúbicos.
Para los investigadores, estos antecedentes demuestran que los fenómenos de este tipo pueden repetirse y refuerzan la necesidad de actualizar las evaluaciones de riesgo, especialmente ante el crecimiento del número de visitantes y la expansión de la infraestructura turística.
El reclamo por un plan de contingencia
La evolución de la ladera y los antecedentes científicos llevaron al Concejo Deliberante de El Chaltén a reclamar la elaboración urgente de un plan integral de evacuación y contingencia.
La iniciativa busca coordinar acciones entre el municipio, la provincia y la Administración de Parques Nacionales, con protocolos específicos para los distintos escenarios posibles.
Dentro del Parque Nacional Los Glaciares ya se implementaron algunas medidas preventivas. La seccional Lago Viedma trasladó parte de la senda hacia la Laguna Torre, instaló cartelería sobre el fenómeno y las rutas de evacuación y reubicó el Campamento D’Agostini en un sector considerado más seguro.
Sin embargo, los especialistas sostienen que estas medidas deben complementarse con un sistema que abarque a toda la localidad.
Las cuatro claves de un sistema de alerta
Correas González planteó cuatro componentes fundamentales para un plan de contingencia:
Monitoreo del riesgo: instalar sensores que permitan controlar las variaciones del lago y los niveles del río, tanto aguas arriba como aguas abajo. También deberían permitir determinar la velocidad del flujo.
Vigilancia mediante cámaras: colocar equipos que registren imágenes de manera continua y las transmitan a una central de monitoreo donde puedan detectarse cambios en la ladera, el lago o el río.
Capacidad de respuesta: establecer con anticipación los roles y responsabilidades de cada organismo. Ante una alarma, debe estar definido qué hacer con los servicios, el tránsito, las escuelas, los comercios y la población.
Comunicación y capacitación: garantizar que vecinos, trabajadores y turistas







