Sábado 5 de septiembre de 2026

Salud

Por qué cuesta tanto pedir perdón a nuestros hijos y es clave hacerlo

Pero no somos dioses omnipotentes sino seres humanos, y nos equivocamos, o nos enojamos más de la cuenta, o retamos al que no tenía nada que ver, y entonces, por respeto a nuestro hijo/a, corresponde que nos disculpemos.

Maritchu Seitún

Esa respuesta lo ayuda a no dudar de sí mismo, de lo que siente y piensa y a confiar en su criterio personal. Los chicos nos ven fuertes, genios, sabios y entonces no dudan de nosotros sino de ellos, sienten culpa por haber despertado ese monstruo en papá o mamá, o confusión cuando no entienden bien lo que ocurrió ni por qué reaccionamos con tanta intensidad. Una disculpa nuestra -cuando corresponde- les da claridad ante la situación y nos acerca a ellos.

Por otro lado propongo que nos disculpemos sin esperar que el otro nos perdone en ese mismo momento. Estamos acostumbrados a decir “perdoname”, pero esa frase presiona y no siempre el otro está listo o preparado para hacerlo. Dejemos claro que nosotros lo sentimos, que lamentamos lo que hicimos o dijimos, dándole tiempo para que nos perdone si y cuando pueda. A diferencia del castellano, en inglés la disculpa se expresa así, con la frase “lo lamento” (I’m sorry).

Con los chicos esta diferencia de enfoque es muy importante, ya que a menudo siguen dolidos y ofendidos a pesar de nuestra disculpa y les hace muy bien que respetemos sus tiempos hasta que puedan volver a acercarse.

A veces, porque nos cuesta hacer sufrir a un hijo, le echamos la culpa a otros… pero perdemos la oportunidad de disculparnos y hacerle saber cuánto lamentamos lo ocurrido: si llegamos tarde para ver a nuestros hijos jugar en el partido, podemos enojarnos por el mal horario elegido, por el tránsito o con nuestro jefe pero lo que les serviría es que les contáramos cuánto lamentamos no haber llegado, cómo nos habría gustado verlos jugar, que les habláramos de las ganas que teníamos de llegar, que toleráramos sus enojos porque no lo logramos. Para llegar a eso primero tenemos que hacernos cargo de nuestros errores en lugar de buscar el culpable afuera.

Recuerdo una paciente adulta joven que después de una discusión con su padre se disculpó con él -aun sabiendo que ella tenía razón- porque lo quería y no toleraba que él no le dirigiera la palabra. No la desestructuró lo que hizo, tenía claro lo que pensaba y por qué lo había hecho, pero los más chicos sí pueden confundirse y creer que merecían ese trato.

A menudo sentimos que nuestros hijos nos “sacan de las casillas” y nos cuesta disculparnos cuando dijimos lo mismo varias veces y, como no nos hicieron caso, perdimos el control e hicimos o dijimos cosas que los lastimaron. Nos escudamos en “me provoca”, » busca el límite”,” lo hace a propósito para hacerme enojar”, “no para hasta que le grito o lo sacudo… y encima reacciona y después se porta bien (o sea: vale la pena)”.

La relación con nuestros hijos es asimétrica: nosotros los cuidamos a ellos. somos grandes, sabemos más, tenemos más y mejores recursos para controlarnos y somos modelo de comportamiento para ellos, tanto en las respuestas y reacciones como en las disculpas. ¿Cómo van a aprender a pedir disculpas genuinas si nosotros no lo hacemos? Porque podrían hacerlo por miedo a perder nuestro amor, o como mi paciente para reconectar con nosotros, o solo para zafar de una penitencia.

En la danza de conexión, desconexión y reconexión entre padres e hijos la responsabilidad es de los padres y, a menudo antes de reconectar, tenemos que tomar conciencia de nuestra parte en el problema y saber disculparnos. De todos modos una disculpa no barre con el daño realizado, somos sus padres y, justamente por eso, les duelen, y mucho, esas equivocaciones nuestras.

Y si nos damos cuenta de que estamos disculpándonos a cada rato sería bueno que revisáramos los viejos caminos neuronales de nuestra infancia que seguramente nos estén llevando a repetir antiguas respuestas poco respetuosas y desconsideradas, en lugar de responder desde nuestro cerebro integrado, incluyendo la corteza cerebral. Aprendamos a disculparnos, pero que nuestra disculpa sea la excepción y no la regla.

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