En una maniobra de doble filo, la CGT decidió sumarse a la tradicional movilización del 7 de agosto a San Cayetano, en un gesto claro de oposición al gobierno de Javier Milei, sin abandonar del todo el diálogo institucional a través del Consejo de Mayo. El mensaje es doble: sostener presencia política en espacios de consenso mientras recupera su perfil combativo en las calles.
La marcha, que encabezarán gremios duros como la CATT y organizaciones sociales, servirá también como respuesta interna frente a las críticas por la falta de paros generales, como reclamaron sectores más alineados al kirchnerismo. La consigna “Pan, paz y trabajo” vuelve a ser bandera en un contexto de tensión con la Casa Rosada y fragmentación sindical.
Al mismo tiempo, la central obrera mantiene negociaciones con Axel Kicillof de cara a las elecciones de octubre, pero con resultados menores a lo esperado: el gobernador bonaerense habría reducido de tres a un solo lugar la representación sindical en la lista de diputados nacionales. La CGT, que busca mayor peso parlamentario, ahora deberá resolver quién ocupará ese espacio, con nombres como Héctor Daer y Sergio Palazzo en danza.
La frustración gremial también se siente frente a la falta de respuestas concretas del Gobierno nacional, especialmente en temas laborales. Sin embargo, algunos sectores de la CGT —como la UOCRA— continúan participando del Consejo de Mayo junto a la UIA, con propuestas conjuntas para reducir el “costo argentino” sin afectar derechos laborales.
En definitiva, la CGT transita un delicado equilibrio entre la protesta y la negociación, intentando conservar influencia tanto en la calle como en las listas, en un año electoral clave para el futuro del sindicalismo en la Argentina.







