Javier Fernández Lima, hermano de la víctima
La desaparición de Diego Fernández Lima, ocurrida en 1984 cuando tenía 16 años, tuvo un cierre doloroso esta semana: el Equipo Argentino de Antropología Forense (EAAF) identificó su cuerpo, hallado en mayo en el patio de una casa de Coghlan, lindera a la que alguna vez habitó Gustavo Cerati
El caso estuvo marcado por la indiferencia estatal. La policía nunca tomó la denuncia formal, al suponer erróneamente que el joven se había fugado con una mujer. Durante más de cuatro décadas, la familia lo buscó sin descanso. Su padre, Juan Benigno “Tito”, murió en un accidente mientras recorría la zona de Galván y Congreso, el mismo lugar donde luego serían encontrados los restos de su hijo.
La madre, Irma “Pochi” Lima, de 87 años, nunca perdió la esperanza: hasta la semana pasada lo esperaba mirando por la ventana y manteniendo la línea telefónica por si sonaba. Una prueba de ADN realizada a ella permitió confirmar la identidad de los restos.
El principal sospechoso es Cristian Graf, amigo de la infancia de Diego y vecino de la casa donde fue enterrado. Compartían curso en la ENET N.º 36. La familia Fernández Lima no lo tenía en la mira, y su nombre no figuraba entre los que el padre había registrado durante sus investigaciones.
Según el fiscal Martín López Perrando, Diego sufrió una “muerte violenta” con lesiones compatibles con arma blanca y signos de intento de descuartizamiento, posiblemente para ocultar el cuerpo. Sin embargo, debido al tiempo transcurrido, la causa prescribió y no habrá sanción penal.
Su hermano Javier anunció que impulsará la “Ley Diego”, inspirada en la “Ley Piazza”, para extender los plazos de prescripción en casos de desapariciones, con el objetivo de que crímenes como este no queden impunes.
“Es muy duro todo. Le fuimos contando a mamá de a poco. Sabe que es Diego, pero no todo. Esto es una película… todavía no caigo”, confesó Javier, quien junto a su hermana Marcela acompaña a Irma en este cierre tan esperado como desgarrador.







