“Culpa, impotencia, humillación y amargura”: los chicos que denunciaron por abuso a Marcelo Porcel

Marcelo Porcel, el empresario acusado de abusos contra los compañeros de colegio de su hijo

Con el fin de la feria judicial, la causa que investiga al empresario Marcelo Porcel por presuntos abusos sexuales cometidos contra alumnos del Colegio Palermo Chico sigue a la espera de un paso clave: los peritajes psicológicos pendientes a los últimos tres menores que declararon en Cámara Gesell durante enero. Mientras tanto, los testimonios de los profesionales que asistieron a algunas de las víctimas permiten dimensionar el profundo daño emocional que dejó el caso.

A partir de esos informes, los especialistas detectaron en los chicos sentimientos persistentes de culpa, impotencia, vergüenza, amargura y confusión, atravesados por la ruptura del vínculo de confianza con un adulto que ocupaba una posición de poder.

Por resguardo de los menores, no se precisará la cantidad exacta de casos abordados ni se brindarán detalles que permitan su identificación. Sin embargo, los profesionales coincidieron en señalar la complejidad del impacto psíquico que dejó la experiencia.

La causa está a cargo del fiscal Pablo Turano, titular de la Fiscalía Nacional en lo Criminal y Correccional N°1, y del juez Carlos Bruniard, del Juzgado Nacional N°50. Investiga hechos ocurridos entre 2022 y 2024 y contempla diez víctimas, aunque son nueve las familias querellantes, ya que dos de los chicos son hermanos. La querella es representada por el abogado Pablo Hawlena Gianotti.

Porcel, quien aún no fue indagado, es asistido por el abogado Roberto Rallin. Está imputado por abuso sexual gravemente ultrajante por la multiplicidad de víctimas, corrupción de menores agravada y producción de representaciones de menores de 18 años de sus partes genitales con fines predominantemente sexuales.

De acuerdo con el expediente, el empresario habría desarrollado un modus operandi basado en captar la confianza de los amigos de sus hijos. Los llevaba a sus domicilios o a su lugar de trabajo, organizaba reuniones y fiestas, les proveía alcohol, promovía juegos, apuestas online y desafíos en los que ofrecía dinero como recompensa.

En ese contexto, según la investigación, los incitaba a desnudarse parcialmente o les realizaba masajes con cremas en piernas y espalda, llegando en algunos casos a tocar o rozar sus zonas íntimas. Para el fiscal, las conductas se desplegaron de forma “sistemática, organizada y premeditada”, aprovechando momentos en los que los chicos estaban bajo su guarda provisoria y en escenarios donde el imputado ejercía control absoluto.

Uno de los psicólogos que evaluó a una de las víctimas destacó que el adolescente no se percibía a sí mismo como víctima, sino como responsable de lo ocurrido. “Se siente culpable por haber aceptado dinero y alcohol, sin poder registrar que es menor de edad y que hubo una intención clara de manipulación por parte de un adulto”, señaló. Según el informe, esa distorsión genera una alteración en la percepción de responsabilidad y una profunda confusión.

El mismo profesional advirtió una doble victimización: por un lado, la progresiva corrupción de la percepción de la realidad y, por otro, la imposición de un silencio forzado tras los hechos. Esto impactó directamente en la autoestima y la seguridad personal del menor, quien recurrió a mecanismos defensivos como la negación y la minimización para poder seguir adelante.

Otro especialista observó en uno de los adolescentes una clara diferenciación entre lo adecuado y lo inapropiado. Destacó que nunca minimizó los hechos y que pudo expresar con claridad que las actitudes del acusado siempre le resultaron extrañas. Denunciar, según consignó, le generó alivio.

“Se lo ve consciente de lo que está sucediendo, pero profundamente amargado y consternado. Tiene registro de que fue víctima, aunque aparecen momentos de angustia e impotencia por no haber podido defenderse”, explicó el profesional, quien remarcó el daño emocional provocado por la sensación de parálisis frente al abuso.

En otro de los casos, un psicólogo describió a una presunta víctima como “amargada y avergonzada”, aunque con gran capacidad para relatar los hechos de manera clara y decidida. Subrayó su habilidad para pedir ayuda como un mecanismo de defensa que le permitió aliviar la carga emocional. “Tiene un fuerte criterio de integridad que intenta preservar pese al alto nivel de estrés vivido”, sostuvo.

Finalmente, otro informe dio cuenta de un menor que experimentó una intensa conmoción, atravesada por sentimientos de culpa, responsabilidad y humillación. El profesional explicó que la confusión se vincula directamente con el rol de confianza y poder que tenía el adulto denunciado. El chico relató que, durante uno de los masajes que no había solicitado, tuvo que pedirle que se detuviera, lo que luego le generó angustia y una profunda sensación de indefensión.

Desde el inicio de la causa, el juez Bruniard impuso a Porcel una restricción de acercamiento de 300 metros respecto de las víctimas, del Colegio Palermo Chico y del club GEBA, donde los chicos realizan actividades deportivas. Además, ordenó allanamientos en sus propiedades y en su oficina, con el secuestro de teléfonos celulares y computadoras.

En al menos dos dispositivos, los peritos hallaron imágenes consideradas clave para la investigación: tres fotografías de menores con poca ropa. Dos de ellas fueron reconocidas por uno de los denunciantes y por sus padres.

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