Jorge Angelini es profesor secundario y en Institutos de Formación Docente desde 1986
A sus 60 años, Jorge Angelini podría muy bien estar jubilado. Dio clase ininterrumpidamente desde 1986 y pese al balance negativo no pierde el entusiasmo. Está entre los docentes a los que la titular provincial de Educación llama “defensores del dificilismo”.
Por: Claudia Peiró
Este veterano profesor ha sido testigo de varias gestiones que, desde la transferencia educativa a las provincias en los 90 no han hecho sino agravar la descomposición de un sistema que alguna vez fue de excelencia.
Le angustia la indiferencia de la sociedad ante cada paso hacia el abismo, como la última reforma bonaerense, herencia dejada por Alberto Sileoni como Director General de Cultura y Educación (2021-2025), y le enoja aun más el silencio de las asociaciones e instituciones que se supone trabajan por la educación.
La licuación de la autoridad docente, el vaciamiento de contenidos y la estigmatización de los exámenes son algunos de los elementos que conforman un sistema que termina siendo un simulacro de educación, “cartón pintado, un como si, un hacer de cuenta que…”
Jorge Angelini egresó del Instituto Superior del Profesorado Joaquín V. González como profesor nacional de Castellano, Literatura y Latín. Luego hizo una diplomatura en Gramática Castellana en la Universidad del Salvador y una especialización en Enseñanza de la Didáctica en la Universidad Nacional de Córdoba. Fue director de colegios secundarios en dos ocasiones. Actualmente ejerce la docencia en dos secundarios privados del centro de Merlo, uno confesional y otro laico, en 3°, 4°, 5° y 6° año de secundaria. También da clase en dos institutos de formación docente. En uno, confesional, trabaja en la formación de maestras de grado y de docentes de inicial. Y en el otro, un instituto superior del profesorado, forma estudiantes para el profesorado de Lengua y Literatura.
La última reforma del secundario en la provincia de Buenos Aires elimina algunos niveles de las materias que dicta Angelini. Se trata de sustituir los contenidos duros por materias que responden más a un enfoque ideológico que al interés educativo.
Aunque afirma no ver “un freno” a la caída, se define como “un entusiasta”. no piensa en el retiro y espera irse habiendo visto un mínimo regreso a la escuela de «años gloriosos” de sus comienzos en la docencia.
— ¿Cuál es tu balance de estos cuarenta años?
— Estamos perpetuando el fracaso. Venimos en caída libre, en picada, y mi angustia es que no veo un freno. Caemos, caemos. Los indicadores de pruebas internacionales como PISA y nacionales como Aprender nos están demostrando que año a año estamos peor. Y la sociedad lo mira con pasividad, eso me angustia. En cuarenta años, hubo algunos aciertos, pero el balance lamentablemente es negativo.
— Pareciera no haber un diagnóstico claro de la razón por la cual estamos así, por eso algunas soluciones agravan el problema.
— Se toman medidas que son parches, nada más. No es buscar una solución, no es un barajar y dar de nuevo, sino un “barramos la mugre bajo la alfombra y sigamos como si nada”. Es como si detecto que en Argentina toda la población tiene mucha temperatura, 39°, entonces destruyo los termómetros. Destruyo el elemento que mide la fiebre y me quedo conforme, porque ya la fiebre no va a aparecer, pero la fiebre está.
— Hubo profesores que alentaban a los alumnos a no ir a las pruebas PISA o Aprender.
— Sí, sí. Hay una demonización del examen que viene de años.
— Un profesor desaprueba a un alumno pero luego viene la intensificación o la instancia final y otro profesor lo aprueba con un trabajito. ¿Eso es lo que sucede?
— Voy a aclarar algo sobre esta moda. El término intensificación es un eufemismo, porque puedo intensificar si hay una base, pero cuando el alumno viene sin ningún contenido, no estamos intensificando, sino recuperando. Pero recuperar implica que el alumno desaprobó y ya de por sí decir desaprobado es estigmatizante, es una palabra que hay que olvidar, entonces se la disfraza con esto de intensificar.
— ¿En qué consiste la intensificación?
— Que el alumno rinde temas de las distintas unidades y llegado el mes de julio, si desaprobó, va dos semanas a recuperar esos contenidos. Viene el segundo cuatrimestre, misma dinámica. Si desaprueba, tiene dos semanas en noviembre antes de pasar a diciembre. Ya tenemos un mes de recuperación. Si aún así no aprueba el contenido —ya no hablamos de materia completa, sino del tema desaprobado—, pasa a dos semanas en diciembre. Si aún así no aprueba, va dos semanas a febrero. Así por ejemplo, un chico que está en segundo año y nunca aprobó un tema de práctica del lenguaje, lo va a ir intensificando durante toda su trayectoria escolar hasta que lo apruebe. El tema es que la evaluación es un proceso, pero cuando a mí me llegan alumnos de otro profesor para que yo los evalúe, ¿qué me pasa? A ese alumno lo recibo de cero porque no fue alumno mío. Entonces, ¿dónde está el proceso? No hay, es todo cartón pintado, es un como si, un hagamos de cuenta que… Al chico no se le toma examen, sigue con ese contenido hasta que esté en 6° y pueda acreditarlo.
— ¿Tampoco hay repitencia?
— No, no hay repitencia. Con aprobar una sola materia del año que está cursando, automáticamente pasa al año siguiente. Hay padres que piden la repitencia. Cuando ven que el hijo se lleva diez materias, van a la escuela y los directores les dicen: “No está contemplado en la resolución que el chico repita aprobando ya una materia”. Tampoco los padres pueden hacer nada. Es realmente de locos este caos. Este limbo en el que estamos metidos.
— Tengo entendido que también hay una sobrecarga horaria con el nuevo sistema de intensificaciones.
— Sí, porque en el sistema actual tenemos los alumnos que corresponden a nuestro año, pero después vienen los que intensifican de otros años y los recursantes. Entonces, tenés de base un curso con 35 estudiantes pero podés llegar a tener 45. Todo por la misma módica suma. Una sobrecarga docente de la cual los gremios no dijeron nada y nos entregaron en bandeja. Nadie nos defendió. La sobrecarga nos quemó la cabeza. Sileoni dijo que esta reforma seguía el modelo de países europeos: Finlandia, Suecia. Pero allá no tienen más de veinte alumnos por aula. A nosotros nos imponen un modelo del primer mundo, pero con sueldos del tercer mundo.
— ¿Cómo era hace 40 años?
— Si nos remontamos en el tiempo, un descalabro educativo fue la implementación del tercer ciclo de la educación general básica (EGB) y el polimodal. En los 90. La ley de transferencia de la educación a las provincias que hizo Menem y que llevó adelante Susana Decibe. Vino esta atomización. Fue el huevo de la serpiente. La transferencia de los servicios educativos a cada provincia sin un órgano central, como era el Ministerio de Educación, fue un caos, que ahora estoy viendo replicar en la provincia con la nueva secundaria que impulsó Alberto Sileoni y que sigue sosteniendo (Flavia) Terigi.
— Esta última reforma agrava el vaciamiento educativo pero no hubo demasiadas críticas.
— Este sistema provincial es sostenido por la mirada cómplice de inspectores y supervisores, que son complacientes frente a lo que ven en los colegios, sumado al miedo de los directivos de enfrentarlo. También hay mucha resignación en los profesores: “Esto es así, esto no va a cambiar”. Entonces, si quieren promoción y el trabajito fácil, bueno, sale el trabajito fácil. Lo que más me llama la atención es la no reacción de los padres. Cuando salió este nuevo régimen académico en 2024, todos los padres tendrían que haber ido a golpear las puertas de la Dirección de Escuelas y no irse de ahí hasta que recularan, por lo menos en los aspectos más significativos. Pero los padres están como anestesiados. Esto es una estafa al futuro porque no se está preparando a los chicos para estudios superiores. Dejamos lo mediocre y nivelamos para abajo. Me llama la atención cómo todos los actores de la comunidad educativa miran para otro lado y van dejando que esto avance. Me enoja mucho el silencio de la Academia Nacional de Educación, de los Padres Organizados, de Argentinos por la Educación, que no toman postura frente a este vale todo, este caos, esta nada que estamos viviendo en la educación.
— ¿Está desvirtuado el concepto mismo de educación?
— Sí, porque educar es enseñar a gestionar el fracaso, preparar a los estudiantes para los riesgos de la vida real. Pero hoy en las aulas, en general, la educación es crear comodidad, es que los chicos tengan todo a mano, que no se frustren y que egresen como entraron, muchas veces sin apropiarse de contenidos verdaderamente significativos.
— ¿Qué pasa con la autoridad del maestro, tanto en lo pedagógico como en lo disciplinario?
— La autoridad del maestro está completamente desgastada, erosionada desde las normativas del ministerio y muchas veces también desde la familia. Ya el saber es cuestionado. “¿Esto para qué sirve? ¿Para qué te lo dan? ¿Para qué te lo enseñan? ¿Para qué te lo exigen? ¿Cómo lo desaprobó por esto?”. Todo eso va sumando a la erosión del saber y de lo disciplinario. Ahora no hay sanción, se lo llama reparación. Entonces un chico le pega a otro, ya que estamos en el tema de la violencia, y hay que llamarlo, hablar, hacerlo reflexionar. Pero como el chico sabe que no pasa nada si le pega 20 veces a su compañero, eso también desgasta la autoridad. La falta de límites desgasta la autoridad.
— Es como si la escuela fuera una terapia de grupo….
— Si por lo menos uno viera que la “terapia” funciona….pero no es el caso.
— También hay un permanente adelgazamiento de contenidos.
— Sí, lo vivo en carne propia. Este año se reforma la currícula del profesorado de Enseñanza de Secundaria en Lengua y Literatura. Yo dicto Lingüística y Gramática III en tercer año y Lingüística y Gramática 4 en cuarto año. Con la nueva currícula, la materia de 3° —Lingüística y Gramática III— desaparece y a mí me reasignan a Sociolingüística para no quedar desempleado. Pero no es el área que a mí me interesa. Yo tengo una diplomatura en Gramática Castellana. Tengo estudios en la Universidad de Córdoba de Didáctica de la Gramática. Todo ese saber que yo le puedo aportar a mis estudiantes del profesorado va a desaparecer porque desaparece la materia. Y en 4° año también desaparece Lingüística y Gramática IV y me reasignan las horas a una materia que se llama Lengua, Poder y Sociedad. Es decir, que de los cuatro años que había de Gramática en el profesorado van a quedar dos, en 1° y 2°. Si eso no es adelgazar contenidos, ¿cómo lo podemos llamar?
— ¿Hay demasiada psicología en el aula?
— La psicología no es mala. De hecho, en nuestra carrera estudiamos psicología de la niñez y del adolescente. Lo malo es el psicologismo que nos invadió, que instaló al alumno como víctima. Lo llamo la pedagogía de la compasión. El chico no puede, el chico se frustra, el chico no llega. Eso es lo malo, no la psicología en sí.
— Vamos por etapas: después de la reforma de los 90, ¿qué trajeron los 2000, los 2010, los 2020?
— Después del desastre de los 90, la crisis del 2001 impactó en la escuela. Vinieron las escuelas comedor. Había que subsanar el tema de alimentación, de los chicos que llegaban a las aulas con hambre. Entonces se corrió el eje. Fue más atender esas necesidades de alimentación y de contención que de enseñanza. Y lo que en educación se pierde no es como en economía, que se puede invertir y después ganar el doble. En educación lo que se pierde tarda años y años en recuperarse y a veces se pierden generaciones. Así llegamos al 2010. Ahí tuvimos en la provincia de Buenos Aires la gestión de Mario Oporto, el que instaló al alumno como sujeto de derechos y no de obligaciones. Porque sí, el alumno tiene el derecho a la educación, pero también al ingresar al sistema tiene que tener obligaciones. Te doy algunos ejemplos que recuerdo de la resolución de evaluación. Por ejemplo, si un alumno desaprobaba tres veces con un profesor, podía pedir cambio de mesa y rendir con otro. Si la mesa de examen empezaba a las ocho de la mañana y él llegaba a las once, había que tomarle igual el examen. Así se fue instalando esto de que el alumno hace lo que quiere, y nosotros nos plegamos.
— Otro momento de agravamiento fue la pandemia, el cierre de escuelas.
— En el 2020, con la pandemia, yo pensaba: cuando acá baje el agua de la inundación se va a ver toda la suciedad. Y aún hoy la estamos viendo. Después de casi un año y medio en que el alumno estuvo en casa, porque al cierre de las escuelas, en el 2021 le siguieron las burbujas. No iban todos los chicos a la escuela todos los días. Toda esa intermitencia repercutió en los comportamientos en el aula. Me costó un montón en el 2022, 2023, que los chicos tuvieran hábitos de escucha, que no pidieran de ir al baño a cada rato, que no se pusieran a comer en clase, porque para ellos era normal, porque durante la educación en la casa prendían las computadoras pero después si tenían ganas de ir al baño, o de salir un rato al patio, lo hacían. Y no quiero dejar de mencionar al ministro Nicolás Trotta, que cuando estábamos remándola para que los chicos se conecten, se enganchen, entreguen los prácticos que les pedíamos, a mitad de año, en junio, dijo que no iba a haber nadie desaprobado. Eso fue patear un hormiguero, porque después teníamos que salir a pescar a los chicos para que se conectaran, para que cumplieran… total, el ministro había dicho que no iban a desaprobar.
— ¿Algún ministro rescatable?
— De estos 40 años, lamentablemente, me quedan los nombres de ministros que categorizo de malos a pésimos. Que no pueda mencionar un ministro que se haya destacado por hacer un aporte significativo a la educación es tristísimo, desolador. Hoy el Ministerio de Educación tampoco existe y tiene rango de Secretaría. Me pregunto si la sociedad sabrá quién es Carlos Torrendell, porque se lo escucha muy poco. Cada tanto se lo ve participando del Consejo Federal de Educación, pero no más. En síntesis, una serie de desaciertos y de gente que le hizo mucho daño a la educación argentina.
Jorge Angelini – profesor secundario provincia de Buenos Aires
Al final del confinamiento por la pandemia, el anuncio de que nadie reprobaría desbarató todos los esfuerzos de los docentes
— Decías que también hubo algún que otro acierto…
— Sí, en 2006, salió la nueva Ley Nacional de Educación, que derogó la Ley Federal. Eso fue un acierto. Lo que pasa es quedó en letra muerta, porque la ley dice claramente que se le tiene que brindar a los estudiantes una educación de calidad. Hoy la calidad se traduce en caridad educativa. La ley dice que se debe preparar a los estudiantes para el abordaje de estudios superiores. Eso tampoco está ocurriendo.
— ¿Qué es esta nueva moda del aprendizaje basado en proyectos?
— El famoso ABP. En 2019, gestión de María Eugenia Vidal, que fue desastrosa en educación, se intentó un plan piloto que se llamó Escuelas promotoras. El nombre lo dice: buscaban que el alumno promocione. La estrategia era trabajar en esas escuelas piloto con el aprendizaje basado en proyectos. Por suerte eso no se implementó en los dos colegios donde yo trabajo, pero sí escuché a colegas de otros colegios. Por ejemplo, tenían que tomar una problemática local. Por ejemplo, la contaminación del río Reconquista, que pasa por acá. Todas las materias tenían que trabajar sobre esa problemática: Historia, Geografía, Prácticas del lenguaje y Literatura, Inglés. Todo debía confluir en un producto final que fuera el trabajo sobre la contaminación del río Reconquista. Es evidente que se menoscaban los contenidos fundamentales, porque uno no puede acotar su materia a una sola problemática.
—¿El adelgazamiento de contenidos ha sido una constante?
— Claro que sí. Y en esto del ABP, eran raquíticos los contenidos porque todas las materias debían tratar esa temática y eso era despojar la currícula. También traía una dificultad en la evaluación. ¿Cómo se evaluaba un producto final si cada uno tenía que mirarlo desde su materia, pero a la vez acordar con el otro docente para poner una nota final? Cuando en el 2022 vino el revoleo de materias, cuando nos juntaban por áreas, también había que acordar una nota con el profesor de la disciplina parecida. Por ejemplo, yo tenía que trabajar con Inglés. Si el alumno aprobaba Inglés pero no Literatura, igual aprobaba esa área. Así también se adelgazaron los contenidos e incluso se dio por aprobadas materias que estaban desaprobadas.
— En cuanto a los institutos docentes: ¿es irrestricto el ingreso? ¿Cómo llegan esos estudiantes a la carrera docente?
— En 2007, bajo la gestión de Mario Oporto, se eliminó el examen de ingreso para los profesorados. Eso se suplantó con cursos nivelatorios no eliminatorios, y actualmente se da un programa de primer año, es decir, que el alumno ingresante tiene todo el primer año para adecuarse al sistema superior. Y llegan sí con deficiencias, como en cualquier carrera. Por eso digo que la ley nacional en la práctica no se cumple, porque tendrían que egresar con aprendizajes significativos para transitar estudios superiores sin dificultad y eso no se da. Cuando la señora Terigi vino a Ituzaingó con el gobernador a inaugurar una escuela, criticó a los docentes que estamos en contra de este régimen académico permisivo llamándonos “defensores del dificilismo”, cosa que me hizo mucho ruido, porque ella, siendo rectora de una universidad [General Sarmiento], tendría que darse cuenta de que el dificilismo lo tienen los estudiantes por las carencias de un secundario que no da las habilidades y herramientas mínimas para la universidad.
— ¿Qué pasa con los programas de los institutos?
— En uno de los institutos de formación docente donde trabajo, cuando empecé, el programa, los contenidos, eran muy completos. En el 2018, gestión Vidal, cambia la currícula, sacan materias. Por ejemplo, Latín y Lenguas Clásicas. Aun sabiendo que nuestro idioma viene del latín, lo eliminaron porque era una de las materias filtro, que hacía que los estudiantes abandonaran. Por apuntar a la cantidad, sacaron una materia importante. Y este año, se da la segunda reforma, el otro cambio curricular que ya comenté. En mi caso concreto, eliminan Gramática, y ocupan esa carga horaria con materias como Pensamiento Político Pedagógico Latinoamericano o Políticas Inclusivas y Propuestas Pedagógicas Igualitarias. Según el posicionamiento ideológico, tienen que suprimir algunas materias para darle carga horaria a otras.
— Pudiendo jubilarte, ¿por qué decidiste no hacerlo?
— Sí, con este panorama tan trágico, con esta tragedia educativa, como decía Jaime Etcheverry, ¿por qué permanezco en el sistema? Me sobran años para jubilarme. A los 50 me podía haber jubilado, ya tengo 10 más. Con 25 de servicio también, y ya tengo 40. No soy masoquista, me considero una persona muy entusiasta por sobre todas las cosas. Digo entusiasta por el significado etimológico de la palabra. Para los griegos, entusiasta era el que tenía un dios adentro, “en” es adentro, “theos”, dios. La persona que desbordaba de ganas de cambio. Bueno, yo me defino así. Soy entusiasta, y el día que este entusiasmo esté opacado por todo esto que te dije, que todavía no logra hacer mella en ese entusiasmo mío, ahí sí me voy a ir. Me gustaría irme habiendo visto un poco de esos años gloriosos en los que empecé, y hasta el 93, cuando vino la transformación de la que ya hablamos, para mí esos años fueron excelentes. Después empezó la decadencia hasta esto de hoy que es irrefrenable, que no sé a dónde va a parar, pero yo tengo fe de que alguien tome el guante y decida cambiar. A pesar de que no está entre las preocupaciones de los argentinos. Cuando veo que en las encuestas sale que la principal preocupación de los argentinos es la desocupación, la inflación, la inseguridad, la corrupción, y la educación no figura ni siquiera como un problema en quinto o sexto lugar, me hace acordar a lo que decía Belgrano, “sin educación nunca seremos más de lo que desgraciadamente somos”. Me gustaría irme más optimista. Pero el aula me entusiasma, estar con los adolescentes y mostrarles lo importante que es su lenguaje, que quieran su código lingüístico, que sean críticos, que entiendan que “quien domina el lenguaje, maneja el mundo”. Que no sean manejados, que puedan ver las intenciones de las palabras, lo que esconden. ¿Qué hay detrás? ¿Qué tengo que inferir cuando tal medio me dice tal cosa? Que sean excelentes usuarios de su lengua. Soy un entusiasta de que eso se cumpla.
— ¿Cómo te describirías como profesor?
— Cuando mi abuela se enteró de que iba a ser profesor de secundaria, me dijo: “Mirá, Jorge, que se agarran más moscas con miel que con vinagre”. Eso lo pongo en práctica desde ese momento. Soy un profesor exigente, pero exijo lo que doy. Y es una exigencia con mucho afecto. Uno de mis momentos inolvidables es a fin de año cuando entrego diplomas. Es un momento que atesoro, el abrazo que me da el egresado cuando le doy el diploma y me dice gracias. Esa es otra de las cosas inolvidables a lo largo de estos 40 años. Entre mis estudiantes, me gané un respeto genuino, no impuesto. Tengo una base muy sólida en el dominio académico de las materias que dicto. Durante las horas de clase, la materia es el centro del trabajo. No hay dispersión hacia otros temas. Creo un clima de cordialidad en el aula basado en el respeto mutuo. Es uno de los valores que fomento en mis alumnos. No permito las cargadas, las risas, no permito que se burlen si alguno pregunta, porque si uno habilita eso, está desalentando la participación por miedo a las cargadas de los compañeros. Así que en eso soy muy estricto y entiendo que tengo una autoridad muy serena y eso hace que los estudiantes me aprecien y yo a ellos. Una vez una antropóloga nos dijo que como docentes podemos tener dos actitudes: que nos importe el alumno o que lo soportemos. Y volvemos a la etimología: importar es llevar adentro. A mí me importan porque yo los llevo conmigo. Los llevo sobre mis hombros. Lo que yo soporto es el sistema educativo. A mis estudiantes yo los importo.
— ¿Y cómo es tu vínculo con el sistema educativo?
— Tengo bajo perfil, soy muy discreto. No soy de los que toman la palabra en las reuniones docentes o en las jornadas. Observo más de lo que hablo. Pero resisto presiones o modas educativas, que son eso, modas y, por lo tanto, pasatistas. Estoy convencido de lo que vengo practicando desde hace años y noto que me da resultados.
— ¿Buenos recuerdos de estos años?
— Sí, hay historias que atesoro en mi corazón. Recuerdo el caso de un estudiante de secundario que estaba muy comprometido con el tema drogas y me pidió que yo fuese su tutor en las reuniones que tenía por semana. Después de un año le dieron el alta. Hoy me lo cruzo por las calles de Merlo y es un eterno agradecido. También hubo un chico que me eligió como padrino de bautismo. Se bautizó de grande. Y también dos alumnos que me eligieron como padrino de confirmación. Además atesoro los más de 20 viajes dentro y fuera de la provincia, acompañando grupos de estudiantes. Todo eso humaniza el rol docente. Otra satisfacción de estos años, es que en 2022 publiqué un libro sobre didáctica de las prácticas del lenguaje, donde reúno todo lo que les digo a mis estudiantes del profesorado. Son tips de cómo trabajar las prácticas del lenguaje a partir del texto literario. Me dio muchísima satisfacción poder reunir años y años de experiencia en algo productivo que sirva a futuras generaciones. También fui invitado a colaborar en un proyecto de innovación pedagógica en la Universidad de Zaragoza.
— Desde tu experiencia, ¿qué medidas habría que tomar para empezar a recuperar la educación?
— Brevemente: que vuelva el Ministerio de Educación y que sea un organismo independiente del gobierno de turno. Que sus autoridades deban acreditar 15 años de experiencia en aulas. Los 2 últimos años de la secundaria tienen que tener un régimen preuniversitario y su promedio debe habilitar a qué carrera pueden inscribirse. Las escuelas tendrían que poder elaborar su propio régimen de promoción y evaluación acorde a la comunidad educativa a la que pertenecen. El ministerio fijaría algunas pautas mínimas comunes y permitiría la autonomía institucional.
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