Jujuy y la escalera que nunca terminamos de construir (Opinión de Andrés Mendieta)

FATE

El 18 de febrero de 2026 no será una fecha más en el calendario industrial argentino. Ese día, Fate, la emblemática fábrica de neumáticos de capital nacional, apagó sus hornos para siempre. No fue un cierre técnico ni una reestructuración pasajera; fue un deceso anunciado.

Detrás de los 920 despidos en San Fernando no solo hay una empresa quebrada, sino el símbolo más brutal de una idea de país que se desvanece: la de una nación con capacidad de transformar sus recursos, generar conocimiento y competir con valor agregado.

Fate no cayó por un accidente. Fue víctima de una tormenta perfecta donde la apertura comercial irrestricta, un tipo de cambio apreciado y la falta de una estrategia de convergencia competitiva terminaron por demoler lo que llevó décadas construir. La Unión Industrial Argentina lo diagnostica con claridad: mientras las importaciones de neumáticos crecían un 34,8 por ciento, los precios internos se derrumbaban y la capacidad instalada del sector caía a niveles de parálisis del 33,4 por ciento. En otras palabras, se decidió que era más rentable traer de afuera lo que aquí se sabía hacer, desactivando así el conocimiento acumulado y la matriz laboral.

Pero para entender la tragedia de Fate, y lo que significa para una provincia como Jujuy, es imprescindible leer a Ha-Joon Chang. En su obra fundamental, Patear la escalera, el economista coreano desmonta la hipocresía del libre mercado. Su tesis es tan lúcida como incómoda: los países hoy desarrollados, como Inglaterra, Estados Unidos o Alemania, no llegaron a la cima gracias al laissez faire, sino mediante aranceles altos, subsidios selectivos y una férrea intervención estatal para proteger sus industrias incipientes. Una vez que alcanzaron la cima, patearon la escalera para que nadie más pudiera subir, predicando a los demás las virtudes del libre comercio que ellos nunca practicaron.

Argentina, con el cierre de Fate, acaba de sufrir un zarpazo directo desde lo alto de esa escalera. Se nos dijo que había que competir en igualdad de condiciones, que la industria local debía ser eficiente por sí sola, mientras se abrían las compuertas a productos de países que, siguiendo el manual de Chang, protegieron ferozmente sus mercados internos antes de lanzarse a la conquista global.

Y es aquí donde la pregunta, como un espejo, debe reflejarse sobre nuestra propia realidad. ¿Dónde está Jujuy en esta escena? Porque si Fate es la consecuencia de una escalera que nos patearon desde fuera, la historia jujeña es la de una provincia que, en gran medida, nunca terminó de construir la suya propia. Hemos sido, históricamente, el sostén de la base. Nuestra economía se estructuró en torno a la producción primaria: el azúcar, el tabaco, y ahora el litio. Ledesma, con su peso innegable, es un orden territorial, un gigante productivo, pero no fue la plataforma para una industrialización diversificada que absorbiera tecnología y generara encadenamientos robustos.

Cuando en los años noventa el Consenso de Washington barrió con las protecciones industriales, Jujuy no perdió fábricas textiles o automotrices porque nunca las tuvo. La apertura comercial no nos desindustrializó porque nos había asignado el rol de no industrializarnos nunca. El resultado fue una profundización de la matriz primaria y una expansión del empleo público como único amortiguador social. Competir globalmente sin haber acumulado capital industrial, sin una escalera propia, no es libre mercado; es una condena a la periferia.

Hoy, el espejismo del litio nos interpela con la misma crudeza. La provincia es estratégica en el triángulo del litio, y el discurso oficial se llena de promesas sobre transición energética y futuro verde. Pero la pregunta estructural, la que nos debería quitar el sueño, es la misma que nos hacíamos con el azúcar: exportamos carbonato de litio o fabricamos baterías, generamos conocimiento o solo regalías, construimos proveedores locales o reproducimos el clásico enclave extractivo. Si el litio sale en bruto y la tecnología vuelve importada, la historia se repite con otro mineral. Cambia el recurso, no la posición subordinada en la cadena de valor. Y entonces, el mismo fenómeno que mató a Fate, la dependencia de bienes industriales externos, nos atrapará a nosotros, condenándonos a ser meros espectadores de una riqueza que no podemos retener.

La verdad incómoda es que la política jujeña suele estar más preocupada por las disputas de poder y la supervivencia partidaria que por este debate de fondo. Se discute quién gobierna, pero no para qué se gobierna. Y sin una estrategia deliberada de industrialización, sin un plan para subir la escalera, el desarrollo es solo un eslogan.

Construir nuestra propia escalera en el siglo XXI implica algo más que replicar el viejo proteccionismo. Implica, como bien señala Chang, una acción estatal inteligente y decidida que impulse encadenamientos productivos locales que obliguen a las mineras a integrar proveedores jujeños en sus procesos, que negocie transferencia tecnológica real para que los profesionales de la provincia no sean meros espectadores sino protagonistas de la innovación, que cree fondos de desarrollo productivo con los recursos que genera la minería para diversificar la matriz económica y no depender de un solo recurso, y que articule la educación técnica con un proyecto provincial de desarrollo que forme no solo operarios sino los científicos y tecnólogos que diseñen el futuro.

El cierre de Fate es un aviso a navegantes. Es la prueba tangible de que el mercado global no premia la inocencia ni la pasividad. Si no tenemos un proyecto de desarrollo, el mundo nos asignará uno: el de proveedores de materia prima barata, tal como lo hemos sido por siglos.

La soberanía, en definitiva, es capacidad de decisión económica. Una provincia que solo exporta litio y compra neumáticos importados, como los que Fate ya no fabricará, no es soberana; es dependiente de los precios internacionales y las decisiones que se toman en otras latitudes.

La metáfora de Chang es brutal porque expone nuestra responsabilidad. Los países centrales ya patearon la escalera. No van a bajárnosla. La pregunta que debemos responder en Jujuy, ante el cadáver aún caliente de la industria nacional, es si seguiremos esperando que alguien nos devuelva la escalera que nunca construimos, o si de una vez por todas asumimos el desafío político, estructural y generacional de empezar a fabricarla, ladrillo por ladrillo, con litio, con tecnología, con educación y con una voluntad de hierro. Porque las oportunidades, como las fábricas, no esperan eternamente.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

×
Scroll al inicio