El Boeing 737-200 de LAPA quedó envuelto en llamas tras no lograr despegar de Aeroparque el 31 de agosto de 1999
La tragedia a la que sobrevivió María Inés Elena Viggiano ocurrió el 31 de agosto de 1999 y es conocida como el accidente del vuelo 3142 de Líneas Aéreas Privadas Argentinas (LAPA), la mayor tragedia aérea de la historia argentina.
El avión, un Boeing 737-200 matrícula LV-WRZ, intentó despegar desde el Aeroparque Jorge Newbery con destino a Córdoba, pero no logró elevarse. Cruzó la pista, rompió el cerco perimetral, atravesó la Avenida Costanera y terminó envuelto en llamas tras impactar contra instalaciones externas. Murieron 65 personas.
Inés tenía 32 años y viajaba en la fila 19. Originalmente le habían asignado otro asiento, pero decidió cambiarlo para ir junto a sus compañeros. Esa modificación —aparentemente menor— fue determinante: el avión se partió a la altura de la fila 16, separando a quienes estaban adelante de quienes estaban atrás.
Ella logró salir por la puerta trasera, segundos antes de que el fuego consumiera la estructura. Saltó cuando ya veía las llamas avanzar dentro de la cabina. “Estoy viendo cómo me morí”, pensó al mirar la explosión desde afuera, sin tener conciencia plena de que seguía viva.
En su relato aparece un dato estremecedor: no recuerda haber sentido miedo en el momento crítico. Actuó con racionalidad absoluta, enfocada solo en sobrevivir. Después, al ponerse a salvo, no recordaba su propio nombre. Tuvo que hacer un esfuerzo consciente para reconstruir quién era y entender que estaba viva.
Ese fenómeno es común en situaciones de trauma extremo: la mente entra en modo de supervivencia y puede generar estados de disociación, donde la persona se siente desconectada de sí misma o de la realidad.
Tras el impacto inicial llegó una etapa de euforia por haber sobrevivido. Pero con el tiempo aparecieron los síntomas: insomnio, imágenes recurrentes, angustia, sensación de inseguridad permanente y lo que se conoce como “culpa del sobreviviente”.
Finalmente fue diagnosticada con estrés postraumático y comenzó tratamiento psiquiátrico con medicación, además de apoyarse en actividades manuales y ejercicio físico como formas de regulación emocional.
Durante años le costó dormir: cada vez que cerraba los ojos volvía a ver el fuego. También atravesó el proceso judicial, en el que declaró como testigo, y vivió con ambivalencia el resarcimiento económico, que nunca sintió como algo “para festejar”.
Cinco años después decidió enfrentar su miedo y viajó a España en un vuelo internacional. Fue un punto de inflexión: no solo recuperó la posibilidad de viajar, sino que inició una reconstrucción personal más profunda.
Uno de los aspectos más fuertes de su testimonio no está en el accidente sino en lo que vino después: salir a la calle y sentir que veía el cielo, el sol y los árboles como si fuera la primera vez. Esa sensación de que la vida cotidiana era extraordinaria.
Su mensaje final no está centrado en la tragedia, sino en el valor de lo simple: abrazar, acompañar, estar presentes. Para ella, sobrevivir no fue solo seguir con vida, sino aprender a vivir de otra manera.
El accidente del vuelo 3142 marcó un antes y un después en la aviación argentina y en la vida de decenas de familias. Para Inés, también fue el punto desde el cual tuvo que reconstruirse pieza por pieza, entendiendo que sobrevivir es un proceso que continúa mucho después de que se apagan las llamas.
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