Independiente y Argentinos Juniors transitan hoy por hoy cuestas bien diferentes, casi opuestas. El presente le sonríe a los de La Paternal, que se llevó un apretado 1-0 en Avellaneda y alcanzó a Boca en la punta de la tabla. La confusión envuelve al Rojo, le ahoga el pensamiento, le desfigura el juego. Expone y multiplica todas sus carencias.

Cuando la aspereza gobierna un estado anímico no importan ni el rival ni la situación en la tabla. Algo así ocurre por estos tiempos en Independiente y afecta la sensabilidad dérmica de hinchas y jugadores, calienta la temperatura desde antes del arranque de los partidos y convierte cualquier encuentro en una cuestión de vida o muerte.

Los silbidos “saludaron” la mención de Sebastián Beccacece cuando los altavoces lo nombraron al recitar la alineación. Resonaron los gritos de “¡Domingo, Domingo!”, el volante borrado por el técnico desde hace varias semanas, cuando a la media hora se lesionó Lucas Romero (tercer problema muscular desde que llegó en agosto), y el entrenador debió remover buena parte del equipo. Estalló desde el primer minuto la gente con las discutibles decisiones de Nicolás Lamolina.

El exceso de adrenalina es una pésima receta para jugar bien al fútbol. Alternativamente puede provocar apresuramientos desmedidos para resolver las acciones o lentitud exagerada ante el temor de la equivocación y la crítica que baja de las tribunas. Ambas variables desembocan en el mismo vertedero del error y la vehemencia.

Antes de los 10 minutos, Independiente ya había coleccionado dos amarillas: Pablo Pérez y Bustos. La presión externa e interna para que el árbitro equiparase la balanza le agregó el fósforo que faltaba a la hoguera de Avellaneda, y ya no hubo modo de apaciguar semejante desmadre.

Independiente y Argentinos Juniors habían disputado una eliminatoria muy picante por la Copa de la Superliga meses atrás y pareció que hubieran quedado deudas pendientes desde entonces. Sobre todo en el primer tiempo, apenas hubo espacio para unas gotas de fútbol en medio de un vendaval de discusiones, puntapiés, empujones y protestas.

El problema, por supuesto, fue del Rojo, obligado a ser protagonista. Argentinos vivió cómodo en las tinieblas. Su negocio siempre fue la paciencia y la evolución de la tarde acabó por darle la razón.

El local, en cambio, nunca logró sacudirse el atasco, mental y futbolístico. Dabove planteó una espera apretada en mitad de cancha, y los volantes de Independiente carecieron de la movilidad suficiente para escapar de la trampa, y en ese punto cabe pensar sobre quién o quiénes deben caer las responsabilidades.

Errático Pablo Pérez, poco participativo Roa, la salida desde atrás jamás encontró más de una opción de pase, y el equipo se fue aferrando a alguna gambeta de Blanco por derecho o los pases largos de Figal desde el fondo. Demasiado poco para inquietar a Chaves.

La expulsión del colombiano Roa al filo del descanso, una apresurada y desmedida decisión de Lamolina, le dio la estocada que faltaba al Rojo. Con el sistema nervioso alterado de pies a cabeza, los 45 finales apenas asistieron a una buena acción de Cecilio Domínguez por izquierda. Desbordó a Sandoval, entró al área, era pase al centro y definición mano a mano de Silvio Romero con Chaves. Pero el guaraní eligió el remate y la tiró afuera.

El Bicho, mientras tanto, siguió su plan al pie de la letra. Se hizo fuerte con sus impasables centrales y de a poco fue progresando en el campo. Hasta que a los 81 Elías Gómez combinó con Nicolás Silva por izquierda y casi sin ángulo la metió por el primer palo de Campaña para alimentar un poco más el infierno en el Libertadores de América.

Argentinos dejó Avellaneda abrazado a la punta. El Rojo, este Rojo conflictuado y confuso, se fue escuchando que el viernes, cueste lo que cueste, en Rosario hay que ganar, un canto que no invita a la tranquilidad. Suele ocurrir cuando se cruzan dos equipos que transitan cuestas exactamente opuestas. La postal final fue la del atribulado DT de Independiente, que suspendió la conferencia de prensa.

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