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Política

La secta y el espectro: La Cámpora y la degradación del justicialismo

El Partido Justicialista ya no es un partido. Lo que observamos es el lento y penoso ocaso de una gran tradición política, convertida en una secta introspectiva y autoritaria bajo el dominio de La Cámpora.

Opinión de Andrés Mendieta

Esta agrupación, que deambula oronda por la política argentina blandiendo un setentismo tardío y anacrónico, ha logrado la hazaña de vaciar al peronismo de su esencia frentista y de su instinto de poder, para encerrarlo en un dogma minoritario. La reciente y brutal intervención en Jujuy, con la suspensión masiva de cientos de afiliados y la purga de dirigentes históricos, no es más que el reflejo de esta patología terminal: la de un grupo que, habiendo secuestrado las siglas, confunde la pureza ideológica con la irrelevancia y el control burocrático con la fuerza política.

Lo grave no es solo la acción, sino el pensamiento mágico que la sustenta. Los jerarcas de La Cámpora están tan extraviados en su propia mitología que han reescrito la historia con una ingenuidad alarmante. En su relato, creen sinceramente que Héctor Cámpora fue un revolucionario radical y que Juan Perón era, en esencia, un dentista cordobés esperando el llamado de la historia. Esta caricatura no es un error de interpretación; es el síntoma de una profunda incomprensión del movimiento que dicen liderar.

Peronismo fue, ante todo, pragmatismo, amplitud y capacidad de síntesis; fue la construcción de un frente policlasista que albergaba desde sindicalistas hasta empresarios nacionales, desde la izquierda nacional hasta la derecha popular. Perón no era un ideólogo de salón, era un estadista que buscaba el poder para transformar la realidad. Cámpora, lejos de ser un revolucionario solitario, fue un instrumento táctico en un ajedrez político mucho más grande y complejo.

Al olvidar esto, La Cámpora ha cometido el pecado capital en política: la miopía absoluta. Han abandonado la vocación frentista —esa que llevó al peronismo a ganar elecciones incluso desde la proscripción— para construir una trinchera. Han cambiado la estrategia de acumulación de poder por la táctica de la purga interna. Y así, han hecho del fracaso electoral una constante en su derrotero. Cada elección perdida se lee, en su lógica sectaria, no como una señal de desconexión con el pueblo, sino como una prueba de que no se fue lo suficientemente puro, lo suficientemente duro, lo suficientemente «setentista». Es la mentalidad del ghetto: si el mundo no nos entiende, es porque nosotros somos los iluminados.

Esta deriva explica la intervención en Jujuy. No se suspende a 300 personas por «inconducta partidaria»; se las excomulga por el delito de pensar con autonomía, de responder a sus territorios antes que a los decretos de una cúpula porteña enamorada de su propio discurso. Gobernadores como Sáenz, Jalil o Jaldo, que salen a repudiar estas medidas, no lo hacen por deslealtad, sino por una lealtad superior: a sus provincias y a un peronismo que fue, alguna vez, sinónimo de federalismo real. La cúpula intervencionista, en cambio, solo es leal a su propio círculo. El resultado es previsible: el partido se fractura, el bloque en el Senado se debilita peligrosamente, y esa unidad que tanto se pregona en los discursos se esfuma en los hechos.

Mientras tanto, los herederos de ese setentismo tardío siguen su marcha oronda, convencidos de que la historia los absolverá. Pero la historia es cruel con quienes la malinterpretan. El peronismo que sobrevivió a décadas de proscripción, violencia y exilio no lo hizo por su pureza doctrinal, sino por su flexibilidad táctica, su arraigo popular y su capacidad de ser muchas cosas a la vez para mucha gente. La Cámpora, en su afán de convertirlo en la vanguardia de una revolución que nunca llegó, lo ha transformado en lo opuesto: una retaguardia sectaria que mira con nostalgia un pasado mitificado, mientras pierde, elección tras elección, el presente y el futuro.

Hoy el justicialismo no es una herramienta para ganar poder; es un aparato para administrar una derrota. Y sus conductores, tan seguros de su propia mitología, son los últimos en darse cuenta. Deambulan por la política argentina blandiendo consignas de otra época, extraviados en la convicción de que Cámpora era el Che Guevara y Perón un mero precursor. En su miopía, no ven que el verdadero legado peronista no está en la rigidez de un dogma, sino en la inteligencia de un movimiento. Y que ese movimiento, convertido en secta, marcha, orondo y ciego, hacia su propia irrelevancia.

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