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Por qué algunos médicos consumen propofol: “apagar la cabeza” y una problemática silenciosa

La reciente muerte de dos trabajadores de la salud, en medio del escándalo de las supuestas “propofest”, volvió a poner en foco una realidad incómoda y poco visible: el consumo indebido de anestésicos dentro del propio ámbito médico. Se trata de una problemática estudiada desde hace años tanto en Argentina como en Estados Unidos, especialmente en especialidades críticas como anestesiología y terapia intensiva.

El caso generó conmoción en la comunidad médica. En pocas semanas, la investigación por las muertes del anestesiólogo Alejandro Zalazar y el enfermero Eduardo Bentancourt se entrelazó con denuncias sobre uso indebido, robo y consumo de sustancias como propofol, fentanilo, ketamina y midazolam, incluso fuera del ámbito hospitalario.

Una práctica conocida, pero silenciada

Un anestesiólogo con más de 15 años de experiencia, que trabaja en hospitales públicos y clínicas privadas, admite que el fenómeno no es nuevo:

“Pasa hace años. Dentro del rubro lo sabemos. Pero nunca con este nivel de exposición, ni con consecuencias tan graves”.

Según explica, el acceso directo a estas drogas, sumado a la presión laboral, convierte a estos profesionales en un grupo de riesgo. En ese contexto, el propofol aparece como una sustancia particular:

“El propofol es apagar la cabeza. No genera un ‘viaje’ como otras drogas. Es más bien una desconexión total”.

Estrés, burnout y acceso fácil

Diversos estudios coinciden en señalar que el consumo suele estar vinculado al estrés extremo, la depresión y el síndrome de burnout. La anestesiología, en particular, está considerada una especialidad de alto riesgo profesional por las condiciones en las que se desarrolla: largas jornadas, alta responsabilidad y exposición constante a situaciones críticas.

Un trabajo presentado en el ámbito científico advierte que los anestesiólogos están especialmente expuestos a:

Presión por productividad
Ambientes laborales altamente demandantes
Acceso permanente a sustancias potencialmente adictivas

A esto se suma un factor clave: la facilidad para obtener estos fármacos dentro del sistema de salud.

“Sacar sustancias de un hospital es sencillo. Ese es uno de los grandes problemas”, reconocen especialistas.

El riesgo del consumo

El uso indebido de propofol es especialmente peligroso. A diferencia de otras sustancias, su margen de seguridad es muy estrecho: una dosis inadecuada puede provocar pérdida de conciencia profunda, depresión respiratoria y muerte.

Investigaciones internacionales han documentado numerosos casos de dependencia en profesionales de la salud. En muchos de ellos, el primer indicio del problema fue un accidente grave o directamente el fallecimiento del paciente o del propio médico.

Un análisis publicado en 2023 sobre decenas de casos concluyó que:

“La muerte era, en muchos casos, la primera forma de detectar el consumo indebido”.

Entre el consumo problemático y el uso recreativo

Si bien históricamente el consumo estuvo asociado a situaciones de sufrimiento psíquico, en este caso aparece un elemento distinto: el uso recreativo en contextos sociales, como las denominadas “propofest”.

Según especialistas, esto rompe con la lógica tradicional:

“Los médicos que consumían lo hacían por angustia o depresión. Acá aparece algo más ligado al placer y a la experimentación, lo cual es nuevo y preocupante”.

Un problema estructural

El fenómeno abre interrogantes más amplios sobre la salud mental del personal médico y los mecanismos de control dentro de las instituciones. Aunque existen protocolos informales en algunas asociaciones para asistir a profesionales con consumos problemáticos —como reasignarlos a tareas administrativas—, el abordaje sigue siendo limitado.

Mientras la Justicia avanza en las causas por hurto de medicamentos y las muertes bajo investigación, el caso expone una realidad que durante años permaneció puertas adentro del sistema de salud: el desgaste emocional, el fácil acceso a sustancias y la falta de contención pueden derivar en situaciones límite.

En definitiva, detrás del impacto mediático, lo que emerge es un problema profundo que combina factores individuales, laborales y estructurales, y que hoy, finalmente, quedó al descubierto.

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