Mujeres que se redescubren a través del cuerpo, la música y la risa compartida.
En una sala iluminada por luces cálidas, un grupo de mujeres observa su reflejo con una mezcla de curiosidad y decisión. Allí, frente al espejo, Yanina Giovannetti —referente del burlesque en Argentina— habla con suavidad y convicción. No ensaya un personaje ni prepara un espectáculo: explica una manera de habitar el cuerpo. “El burlesque es el arte de la sensualidad”, afirma, como si nombrara una verdad que no necesita exageración ni maquillaje. “Se trata de descubrir qué sensualidad nos habita, esa que es única en cada persona”.
Giovannetti sabe que desde afuera abundan los malentendidos. Plumas, corsets, luces bajas: la estética del burlesque puede confundirse con un striptease. Ella se encarga de trazar la diferencia:
“En el striptease no se necesita construir un concepto ni una teatralidad. En el burlesque, en cambio, la obra nace de la interpretación, del mensaje, del misterio”.
“Lo que predomina no es el strip sino el tease”, recalca con una sonrisa.
La historia de Yanina con el burlesque comenzó en Italia, durante un viaje que terminó cambiándole la vida. Recuerda con exactitud el instante en que vio a su primera maestra abrir la puerta del estudio: “Sentí que ahí había algo que era para mí”. Ese encuentro, dice, fue una especie de flechazo artístico.
“No tenía que adaptarme, ni corregir nada de mí. Tal como estaba, estaba bien. Solo necesitaba ordenar ideas y llevarlas a escena”.
El burlesque le dio un lenguaje propio: ser su directora, su intérprete y su guionista. Un arte para decir sin pedir permiso.
La revolución silver: mujeres que encuentran libertad en el escenario
Desde su rol docente, Giovannetti observa un fenómeno que se repite: casi todas las que se acercan al burlesque son mujeres. Y gran parte de ellas superan los 45 o 50 años.
“Las mujeres adultas están en un momento de la vida donde las exigencias sociales empiezan a pesar menos”, explica. “Eso les abre la puerta a una libertad enorme”.
En cada clase, esa libertad se hace visible: risas, miradas cómplices, cuerpos que se escuchan a sí mismos. “Las mujeres que ya pasaron su juventud tienen un desparpajo distinto. Yo creo que el burlesque se entiende mejor en la adultez”.
Una frase de su maestra italiana siempre vuelve:
“No veo la hora de madurar para ser una gran artista burlesque”.
Hoy comprende esa espera: la madurez suma capas de historia, de humor, de sutilezas que enriquecen la escena.
En los grupos que coordina, cada alumna construye su propio viaje. Adriana, de 52 años, lo resume: “El burlesque me dio seguridad. Me enseñó que la sensualidad no depende del cuerpo sino de una actitud”.
Agradece la guía de Yanina: “Nos ayuda a ver nuestras fortalezas y también a acompañar las de las demás”.
La clave, explica Giovannetti, es escuchar la historia que trae cada mujer.
“No se trata solo de enseñar una coreografía. Hay que entender desde dónde puedo acompañarlas y valorar lo que muestran”.
Para ella, la disciplina funciona como un gesto de resistencia:
“Poner el cuerpo en escena en una sociedad que intenta uniformarnos y disciplinarnos es profundamente político”.
La pregunta que guía cada proceso es simple pero poderosa: ¿cómo quiero comunicar mi sensualidad?
Graciela Karina, de 56, dice que la práctica le cambió la autoestima: “Encontré un lugar de descubrimiento y cuidado. Hubo un antes y un después”.
Lo que la sorprendió no fue la técnica, sino la comunidad: el sostén que se construye entre confesiones, risas y movimientos tímidos que se vuelven firmes.
Para Giovannetti, el burlesque no arranca con las plumas ni con la música, sino con una decisión íntima:
“Una llega al burlesque porque necesita ser protagonista. Hacerse cargo de su cuerpo, de sus emociones, de su mirada. Eso transforma la relación con una misma”.
Carolina, otra alumna, recuerda que al principio se juzgaba demasiado.
“Clase tras clase, empecé a aceptar mi singularidad. Descubrí una sensualidad que estaba dormida”, cuenta. Para ella, es el arte más inclusivo que conoció: “No pretende unificar cuerpos ni movimientos. Es diverso, rebelde y amoroso”.
La música suave acompaña una serie de pasos frente al espejo. Yanina corrige posturas, señala una nota, una respiración, un gesto. “Cada detalle puede ser una posibilidad de expresión”, dice.
Su método mezcla técnica y emoción: “Traje a Latinoamérica la idea de conectar lo físico con lo que pensamos y sentimos”.
Cada número que crea nace de una mujer distinta. “Me inspiran amigas, alumnas, mujeres adultas. Y también mi bisabuela”, confiesa.
Cuando le preguntan qué les diría a quienes sienten curiosidad pero no se animan, responde sin dudar:
“Que tomen una clase. El burlesque las lleva a un lugar donde todas tenemos derecho a estar: ser protagonistas de nuestro propio show”.
Hace una pausa, vuelve a mirarse en el espejo y agrega:
“No es obligatorio subir a un escenario. El verdadero viaje es conectar con el cuerpo y con la sensualidad en cada edad”.
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