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Pedaleó por amor: 11 meses y 9 días para reencontrar a la mujer de su vida

Para Carlos el mate amargo de la mañana es indispensable, lo acompaña con medialunas dulces que él mismo aprendió a hacer en lo que va de su estadía en Mar del Plata.

Arranca su día de trabajo y al cerca de las doce sale en su bici a algunas de las playas cercanas. “Varese o Playa Grande son mis preferidas. No tienen nada que envidiarles a las de Puerto Vallarta”, dice, sin disimulo. “Me encanta esta ciudad, me enamoré de dos argentinas”, suelta, y aclara “una es Agustina otra es La Feliz”.

De no ser por el acento de español neutro, o el ahorita que suelta entre frase y frase no se nota que no es marplatense. En los tres meses que lleva viviendo en el centro de la ciudad, se adaptó al ritmo costero. “Había venido como turista, nunca me sentí extranjero, pero ahora que vivo acá me cuesta saber que en algún momento tengo que regresar a casa. Aprecio la cercanía de la gente, y el ritmo relajado que llevan”, cuenta Carlos Trujeque (28) es licenciado en Administración de Empresas, nació en Veracruz, México, pero se crió en Puerto Vallarta, sobre el mar Pacífico, famoso por su actividad acuática. Viajero ciclista apasionado, vino al balneario por amor. “El cierre de las fronteras me hizo tomar la decisión más importante: dejar todo para venir a abrazar a Agustina”.

Fue así que el 1 de noviembre arribara en su mountain bike después de pedalear 15.331 kilómetros hasta la Costa Atlántica. Tardó 11 meses y 9 días. Visitó 11 países. Durante la travesía continental sufrió caídas, golpes e incluso estuvo preso por 24 horas. “Lo volvería hacer”, repite una y otra vez, “La experiencia me cambió la vida, no sólo por las habilidades que desarrollé, sino porque vivo de una manera más sencilla, conectado a lo verdaderamente importante”.

Agustina es kinesióloga, y marplatense. El destino quiso que se conocieran en 2016, en un intercambio estudiantil en Andalucía, Málaga. “La vi en la fiesta de bienvenida. Me presenté, la saludé… y punto”. A los pocos días, en una actividad académica, se volvieron a cruzar. Él dio el primer paso. “Estaba con una amiga y me ofreció un mate. Nunca antes lo había probado, me gustó”, agrega. A partir de ahí, los encuentros fueron cada vez más frecuentes: “hacíamos caminatas por las montañas, salíamos por las plazas, las conversaciones se volvían más profundas”. Pasó lo inevitable, se dio el flechazo.

Se prometieron amor a distancia, lo nutrieron con videollamadas y encuentros por el mundo. Ella voló a Ciudad de México en 2017, hizo turismo por el país y conoció a la familia de su novio. Tiempo después, Carlos le devolvió la gentileza pero en nuestro país. Cansado de estar separados, le propuso acortar las distancias. “Vamos a mudarnos juntos, a cualquier sitio”.

Pronto llegó la pandemia para poner en pausa todo el plan. “Estaba a punto de comprar el pasaje cuando el mundo se convulsionó”, relata. Con las fronteras cerradas, y las restricciones de viajes impuestas, verse era una odisea. El vínculo siguió de forma virtual. En total, pasaron dos largos años separados.

Inquieto y desesperado, Carlos tomó la decisión más importante de su vida: dejarlo todo por amor. “Voy hacia tu encuentro Agus, si no puedo hacerlo por aire, lo haré por tierra”, le juró y cumplió. “Mis padres, que pensaron que estaba loco, me ofrecieron comprarme el billete de avión, pero me negué”.

Así fue como el 19 de octubre del 2021 puso los pies en Mar del Plata. Mientras pedaleaba por el Boulevard Marítimo, vio de lejos a Agustina. Le quedaban apenas algunos metros. “Se me aceleró el corazón. Tenía miedo de no sentir esa conexión….”, se bajó de la bici y recuperaron el tiempo perdido en un largo abrazo.

De novios en La Feliz

“Agus se encargó de mostrarme la ciudad. Cada día me sorprendo más con todo lo que tiene. Salimos en bicicleta por toda la Costa Atlántica, incluso visitamos zonas aledañas como Sierra de los Padres. Los paisajes son hermosos. Estar cerca del mar es algo que me recuerda a casa… aunque el agua sea bastante fría”.

Cada uno por su lado, decidieron no convivir. “No compartimos el mismo techo porque creemos que es lo mejor para la pareja. Ambos somos muy independientes, y no queremos apresurar nada”.

De cara al 2022, Carlos tiene que retornar en avión a su hogar. “Hace dos años que no veo a mi familia”. Agustina planea hacer un máster de especialización en kinesiología, en Europa. “Nos encontraremos allí, porque a los dos nos encanta recorrer el planeta”. Mientras tanto seguirán disfrutando de los atardeceres en la playa con churros, medialunas y alguna cerveza artesanal.

Por: Camila Hernandez Otaño

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