Sábado 6 de junio de 2026

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¿El peor final para Lionel Messi? Barcelona se copió de la Selección

El dardo intenta golpear donde más duele. Esconde una dosis grande de envidia. No importa realmente si abre o no la boca mientras suena la canción patria. La agresión tiene un único objetivo: marcar distancia.

​Hasta hace no mucho tiempo Messi era de ellos. Y la culpa era nuestra.

​Podía ser el superhéroe de Barcelona porque allá tenían la receta para hacerlo feliz. En cambio llegar acá era aterrizar en el fastidio, convivir con las miserias propias del fútbol argentino. Daba vergüenza tener a Messi acá.

Desde acá se suele idealizar el allá.

Enseguida se apunta para Europa para enrostrar ejemplos de lo que hay que hacer: el de Bayern Munich es el más repetido en los últimos tiempos aunque vale aclarar que hace solo 9 meses cuando asumió Hans-Dieter Flick el equipo estaba en crisis y el croata Niko Novac era despedido tras un catastrófico 1-5 contra el Eintracht Frankfurt.

Barcelona, siempre fue el machete del que había que copiarse para seducir a Messi. Había que tratar de hacer lo que hacían allá así también acá Messi podía ser Messi.

En la Selección la tercera frustración fue la vencida. “Se acabó, se terminó la Selección para mí. Lo intenté de todas formas, ya está. Es increíble pero no se me da”, soltó con una mezcla de resignación y alivio el 27 de junio de 2016 en Nueva Jersey donde la Argentina acaba de perder la final de la Copa América ante Chile. Tercera final consecutiva que se escapaba. Y Messi decía basta.

Cuatro días antes había realizado su crítica más dura a la dirigencia argentina. «Una vez más esperando en un avión para intentar salir al destino… ¡Qué desastre son los de AFA por Dios!», escribió en sus redes sociales.

Eran tiempos de transición tras la muerte de Julio Grondona. Asomaba una Comisión Normalizadora que solo echó más leña al fuego. En la imagen que acompañó el mensaje de Messi se veía a Sergio Agüero a su lado. El Kun aparece nuevamente en escena ahora para cobijarlo.

La culpa, obviamente, era nuestra. Y esa sensación activó un plan espontáneo de reconciliación. Acá se hizo una movilización al Obelisco para que cambiara de opinión. Los carteles en las calles en el lugar de indicar si se aproximaba un corte de calzada pedían por la vuelta de Messi. El mensaje era claro: perdonanos, vamos a cambiar, pensalo, no te divorcies.

¿Y alla? Desde que se fue Pep Guardiola en 2012, seis técnicos asumieron en Barcelona. Seis técnicos en ocho temporadas: Tito Vilanova, Tata Martino, Luis Enrique, Ernesto Valverde, Quique Setién y ahora Ronald Koeman.

Messi, que a los 24 años ya habia levantado tres veces el trofeo que más Le gusta, la Champions League (2006, 2009 y 2011), pasó a ganar apenas una (2015) de las nueve ediciones siguientes.

En un artículo publicado en el diario El País el periodista Juan Irigoyen repasa las reacciones del rosarino en sus derrotas más duras con la camiseta blaugrana. “Pasó sin decir ni mu por las zonas mixtas de Roma en 2018 (hablaron Iniesta y Busquets), Anfield en 2019 (Luis Suárez y Busquets) y Lisboa en 2020 (Piqué y Sergi Roberto)”.

La imagen que queda es la de Leo sentado con la mirada perdida en un vestuario que pese a tener por delante 45 minutos frente al Bayern Munich ya se sabía derrotado.

​Cambios de entrenadores sin sentido, dirigentes distantes y con pasos erráticos, tironeos con el director deportivo, espionaje interno, el equipo tirando manotazos de ahogado tratando de encajar distintas piezas para ver si se arma algo presentable, los objetivos que se escurren y los récords individuales que ya no son un consuelo ante la seguidilla de frustraciones, algunas de ellas con resultados humillantes.

Esta vez no es la Selección, es el Barcelona.

Ocurrió al revés. De la manera que nos dijeron que no podía ocurrir.

​Es el peor final para Lionel Messi. Después de la derrota más dura en 20 años con la misma camiseta. Aunque todavía no se haya ido, Messi ya se fue. Cuatro años después de la renuncia a la Selección, a la que volvió a los dos meses, decide pegar un portazo más fuerte: deja un pedazo grande de su vida.

​En silencio, con intercambios por burofax, con una señal de rebeldía en la que no luce cómodo, con un desgaste que se volvió insostenible.

​Quizás el Barcelona no era ese mundo fantástico que se veía desde acá. O quizás replicó todo lo malo que parece ser propiedad exclusiva de nuestro ombligo.

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