Ocaso. Por Teresita Rojas

Ocaso. Por Teresita Rojas

A mis años muchos dirán que soy una mujer mayor, otros dirán que todavía no tanto o que no represento la edad que tengo, y parafraseando a Antonio Gala, muchos expresan que “no se trata de añadir años a la vida, sino de dar vida a los años”. No sé cuál es mi verdadera imagen, sólo se los años que tengo y que han pasado rápido, demasiado, y que cuando logré advertir que me había subsumido en las responsabilidades, acumulando pendientes por disfrutar, decidí ceder espacio a mi espíritu inquieto, abrazando a la niña que la había ocultado durante tanto tiempo, y recordando cómo se sentía vivir sin miedos, sin prejuicios ni fronteras, recuperando así, el entusiasmo y la libertad.

Ocaso. Por Teresita Rojas

Con este ímpetu busque mi primer amanecer, experiencia en Huancar que ya les relaté, y luego vinieron muchos más, uno más lindo que otro, más sorprendentes, más cautivantes, más fríos o más cálidos, y no obstante sus propias particularidades, todos fueron enriquecedores y placenteros, en todos agradecí renacer cada día.

Ocaso. Por Teresita Rojas

Entonces fue que comencé a buscar un atardecer, mi atardecer, y al ser estos más asequibles, nació la necesidad y deseo de encontrar uno especial, que no sólo quedara plasmado en una captura fotográfica, sino en mi cuerpo, mi mente y mi alma. Aquel que llega como el amor esperado, como el amor ansiado; aquel que está cerca, aunque no sepa dónde ni a que distancia, el que llega silenciosamente, sin que se pueda advertir su presencia, porque no es intenso, no deslumbra, no enceguece, transforma el espacio, el tiempo y todo lo que toca, suave y paulatinamente. Acaricia, abraza y cambia la mirada, las emociones y sentimientos; pone fin al día, para prepararnos para una nueva oportunidad, otra experiencia, más vida.

Ocaso. Por Teresita Rojas

Logré disfrutar de muchos y variados atardeceres, en diferentes lugares, con nubes o sin nubes, con cerros o sin ellos, con lluvia o sólo viento, todos preciosos, asombrosos y románticos, aun para quienes los contemplamos y gozamos en solitario. No obstante mi gracia, de ese regocijo reiterado, aún sigo esperando mi Atardecer, ese especial, que iluminará mis ojos y mi sonrisa, el que me despertará para luego adormecerme en su candidez; el que de vida a mi sentir, haga vibrar a mi corazón, el que está cerca, aunque no lo vea, sé que llegará y yo lo espero.

Ocaso. Por Teresita Rojas

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Crédito fotos: Teresita Rojas

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